Mi nombre es <identidad ocultada> y soy photoshopahólico. Como todo el mundo, empecé a tontear con el procesado de imágenes como si fuera un juego. Lo típico: poner más azul ese cielo, dar algo de contraste, hacer algún recorte y poco más. Pero claro, llega un momento en que el Picassa y esas cosas no son suficiente, te juntas con malas compañías y alguien de confianza te consigue algún Photoshop. Te dice que no te cortes, que hoy en día lo usa todo el mundo y en fin… te animas, y ya empiezas a dramatizar cielos, a suavizarle la piel a la parienta y a borrar a la suegra de las fotos. Y para cuando quieres darte cuenta, ya estás pillado.
Los cielos dramatizados son responsables de más del 60% de las
adicciones a Photoshop. Déjelo antes de que sea demasiado tarde.
En mi caso, no fui consciente de que tenía un problema hasta que un día, mientras me afeitaba, me corté y pensé “ya me lo clonaré después con el tampón“, sin darle mayor importancia. Tardé unos segundos en darme cuenta de que mi vida no era una foto. Y lo que es peor, ¿para qué usar el tampón de clonar? Habría bastado con usar el pincel corrector puntual. A partir de ahí, ya no hubo vuelta atrás: empecé a tener la sensación de que el mundo estaba subexpuesto. Al principio, era algo ocasional, pero empezó a ocurrirme cada vez con mayor frecuencia. Salía a la calle, y raro era el día que no veía las calles y los edificios mal iluminados, y eso que parte del cielo estaba claramente quemado. Paralelamente, los colores de las cosas empezaron a parecerme cada vez más pobres, menos saturados. Y más de una vez me sorprendía a mí mismo en cualquier esquina alzando el brazo y buscando en el aire algún control deslizante que me permitiese darle a la escena la luz y el color que yo consideraba necesarios. Dichos controles solo existían en mi imaginación, pero con la tontería de levantar el brazo sin pensarlo, cada dos por tres paraba un taxi sin querer. Y del apuro que me daba explicarle la historia al taxista, prefería subirme para ir a cualquier lado. Me dejé una buena renta en taxis, porque además, luego tenía que coger otro para volver a casa.
Los taxis siempre han tratado de aprovecharse de los adictos a Photoshop.
Emplean tonos puros en su carrocería, en la lucecita verde y en los carteles
de las paradas para captar la atención de los pobres yonkis del procesado
de imágenes, a los que despluman sin piedad siempre que pueden.
Con el paso del tiempo, esta percepción pálida y apagada de la realidad dejó de ser una simple curiosidad para convertirse en algo francamente molesto. Gracias al bendito Photoshop, mis fotos tenían un aspecto correcto, con el contraste y el colorido adecuados, pero la realidad cada vez se les parecía menos, lo cual me llevó a hacerme una pregunta para la que no tenía respuesta: ¿eran mis fotos cada vez más bonitas, o el mundo cada vez más feo? ¿Quién me estaba mintiendo? ¿El sensor de la cámara? ¿El monitor? ¿Mis propios ojos? No era ésta la única duda que me asaltaba; a menudo me sorprendía a mí mismo preguntándome cosas extrañas, como cuántos bits tenía mi retina o qué resolución en píxeles por pulgada tenían mis córneas.
Decidí visitar el servicio técnico de mis globos oculares, que se llamaba “oculista”. Allí me atendió un tipo con bata blanca, lo cual me fue muy bien como referencia para usar mentalmente el cuentagotas del balance de blancos (la iluminación de tungsteno de la sala podía inducirme a error). Le pedí que revisara el rango dinámico de mis ojos, que me confirmase que yo veía en TIFF de 32 bits y, sobre todo, que el espacio de color de mi cerebro coincidiera con el de mi nervio óptico, pues esa podía muy bien ser la causa de mi percepción desvaída y colorimétricamente desajustada. Sin embargo, tras realizarme unas cuantas pruebas, el técnico me dijo que tenía la vista perfecta. Descontento con su diagnóstico, le pedí que al menos me diese unas gotas para dilatar las pupilas y aumentar así la entrada de luz, pues de otro modo me era imposible derechear mi histograma visual. Tuve que explicárselo con detalle, pues el tipo no me entendía. Finalmente, me dijo que ya lo entendía, me hizo un papel para la receta y me acompañó hasta la puerta. Me fui un poco más contento, pero al llegar a la farmacia descubrí que lo que me había anotado en el papel no era la prescripción de las gotas sino el nombre y teléfono de un psiquiatra.
Los desvaríos del oculista no harían que yo cejase en mi empeño, así que me fui a una óptica y me hice construir unas gafas con roscas en cada cristal, con el fin de montar sendos polarizadores en ellos. Confiaba en que esto intensificase los colores y me librase de algún que otro cielo quemado, pero no me sirvió de gran cosa, y lo que es peor, no caí en pedir que la rosca fuera giratoria, de modo que para cambiar el ángulo del polarizador, lo único que podía hacer era ponerme las gafas del revés. Cuando lo hacía, algunas personas me confundían con Rappel, lo cual era humillante. Además, la historia de las gafas me añadió una preocupación adicional: ¿desarrollan las ópticas perfiles de lente para corregir la distorsión de barril que provocan sus gafas? Adobe bien que lo hace, pero ¿y General Óptica y compañía?
Los oculistas a menudo topan con casos graves de gente que asegura
tener la vista descalibrada o en el espacio de color equivocado. Algunos
desarrollan la habilidad de abrir y cerrar sus pupilas a voluntad como si
fueran auténticos diafragmas. Aquí podemos ver una pupila a f/16.
Tiré las gafas tan pronto como me di cuenta de que, efectivamente, el perfil no aparecía en el desplegable de perfiles de Camera raw y la página web oficial de Alain Afelou no incluía ningún apartado de descargas. Qué desastre. Pero lo de llevar gafas me dio la idea de enmarcar la realidad, de reducir mi campo de visión a un rectángulo de proporción 3:2. Me hice con un casco de soldador, una de esas máscaras con una ventanita a la altura de los ojos, y tan pronto como me la puse, sentí un gran alivio: llevaba toda la vida condenado a una visión panorámica, pero ahora por fin podía definir unos límites y encuadrar lo que veía, igual que con la herramienta de Recorte. Además, me hice unas cartulinas para tapar parte del cristal y simular también un recorte cuadrado de 1:1.
Por supuesto, verme con la máscara puesta no le hizo mucha gracia a mi mujer – el primer día se asustó al verme llegar a casa; luego decía que me estaba volviendo loco. Algo de razón tenía, porque encuadrar en vertical era bastante complicado (tenía que ladear la cabeza, lo cual me provocaba unas tortícolis tremendas), y además no había tenido la precaución de pintar el interior de la máscara con gris medio. Reconocía este fallo, pero ella no me dejaba en paz, quería que me quitase la máscara 3:2 y que dejase de dedicarle más tiempo al Photoshop que a ella. Su irritante voz llegaba a mí como la típica ventanita de Photoshop que informa de algún error o advertencia. Pero a diferencia de lo que pasa con algunos de esos avisos, mi mujer no disponía de una casilla «No volver a mostrar el aviso«: tenía que aguantar las mismas reprimendas una y otra vez. Así que al final, tuve que decirle la verdad: me daba igual lo que pensase, porque ella ya no me gustaba. Necesitaba urgentemente que le pasasen un filtro para perfeccionar su piel y disimular sus ojeras, aparte de enfocar más su mirada y aclarar el blanco de sus ojos y dientes. Y qué decir de su cuerpo: le hacían falta unas cuantas transformaciones de urgencia, empezando por Licuar y terminando por el Control+T para transformarla en modo Deformar. Ya no era la mujer con la que me casé, o por lo menos no era la mujer que salía en mis fotos: comparada con la pantalla del ordenador y con mi carpeta de retratos procesados, la veía claramente arrugada, imperfecta y amorfa perdida. Con el paso de los años, a la pobre se le había puesto un histograma horroroso, pero no era culpa mía, fue ella quien se empeñó en vivir en 8 bits. Y fue entonces cuando empecé a verla como una máscara de capa que yo siempre arrastraba a mi lado. La alianza ceñida a mi dedo anular se me antojaba como el icono del eslabón que la vinculaba a mí, sincronizando sus molestos movimientos con los míos y enmascarando mis píxeles con su negrura.
La adicción provoca roces en las relaciones. En su delirio photoshopero, son muchos los que creen ser
capas de píxeles vinculadas por el matrimonio a máscaras de capa que «eclipsan» su personalidad.
Lo peor es que a veces tienen razón.
La cosa es que discutimos, y en un subidón de temperatura del color, llegué a decirle que su cara me parecía un draganizado del montón, y que debería pixelarse la cara y el cuerpo antes de salir a la calle por respeto a los demás. Entonces, ella hizo la maleta y se fue a vivir a otro documento, a la ventana de sus padres, creo. Mejor para mí: fue como minimizarla y aumentar el tamaño de mi lienzo (Imagen/Tamaño de lienzo…). Además, así pude reconfigurar la colocación de los muebles y objetos del piso y guardar este nuevo orden como un espacio de trabajo. Ya lo había intentado en el pasado, pero mi mujer siempre me lo reseteaba todo. Para mayor perfección, instalé cintas métricas en las paredes a modo de regla, y tendí algunos hilos de color cian de punta a punta para simular unas guías que me permitiesen alinearlo todo de forma perfecta.
Resetear el espacio de trabajo de un adicto a Photoshop puede
causarle graves crisis nerviosas. No se recomienda hacerlo a
menos que cuente con el asesoramiento de un profesional.
Tras este incidente, me vi sumido en una extraña sensación de soledad. Las noches eran largas, de negros empastadísimos que yo veía azules, como si tuviera activado el aviso de recorte de sombras de Adobe Camera Raw, solo que aquello no había exposición ni luz de relleno que lo arreglase. Tuve que desconectar todos los aparatos de la casa con pilotos rojos de stand by, porque en la oscuridad me parecían píxeles calientes (hot pixels) causados por una larga exposición o por una retina defectuosa que el maldito oculista nunca querría remapearme. El problema es que entonces, al apagar hasta la radio despertador, perdía toda referencia visual, y al despertarme desorientado por la noche y verlo todo negro, creía que me había dejado la tapa de la cámara puesta. Tenía pesadillas extrañas en las que el mundo se convertía en un GIF de 32 colores y yo era el único que se daba cuenta. Otra vez soñé que podía viajar en el tiempo manipulando la paleta de Historia en modo no lineal.
Una fantasía recurrente de estos enfermos es la percepción del
tiempo como distintos estados de la paleta de Historia, superpuestos.
Pero los días no eran mucho mejores: en cuanto salía a la calle, allí donde miraba había gente. Empecé a odiar a todo el mundo: gente, gente y más gente. Era como si alguien los hubiese clonado. Me estropeaban la composición, siempre metiéndose en medio, moviéndose, estorbando, creando desorden. Sentía el intenso deseo de pintarles por encima en el modo de máscara rápida para seleccionarlos, luego cortarlos a una nueva capa (capa vía cortar) y una vez allí, arrastrar la capa hasta el contenedor de basuras más cercano, a falta del icono de la papelera. Lo sé, lo sé, es un disparate: lo lógico sería borrarlos directamente de mi imagen mental con el borrador, pero me parecía más humillante extirparlos primero de mi capa para luego aniquilarlos sin siquiera molestarme en perfeccionar la selección, para hacer aún más patente mi desprecio por sus contornos.
Personas seleccionadas en la imaginación de un adicto.
La función “rellenar según contenido” (Content aware fill) de CS5
no ha hecho sino disparar la incidencia de este grave delirio.
Pronto empecé a sospechar que ellos también querían eliminarme a mí: de vez en cuando, notaba una línea punteada que me envolvía y me aislaba del resto del mundo. Lo notaba, notaba perfectamente el cosquilleo de la selección ajustada a mi cuerpo, deslizándose intermitentemente sobre mi silueta. Tenía claro que no iba a ser el cazador cazado, por eso lllevaba siempre en el bolsillo las teclas CTRL y D para pulsarlas y quitarme la selección antes de que pasase algo. Lo hacía constantemente, CTRL+D, CTRL+D, CTRL+D. No iba a permitir que nadie me borrase o me practicase un ajuste de curvas sin mi permiso. Y si para ello tenía que pulsar CTRL+A para seleccionarlo todo y borrar el mundo entero, estaba dispuesto a hacerlo.
