Icono del sitio Carlos A. Oliveras

Entrevista a un usuario de Photoshop con licencia

Anteayer Adobe realizó la presentación oficial de Photoshop CS6: en realidad, el producto no está aún disponible, pero dado que el clavo por una licencia puede llegar a ser importante, han optado por anunciarlo primero para que la gente se vaya mentalizando.

Esto (tema de licencias, etc.) me trajo a la memoria uno de esos textos surrealistas que tengo por ahí y que ya aparecieron publicados en otras webs. De hecho, el texto que voy a cortipegar, fue incluso traducido al inglés, ¡tal es mi talento que hasta me traducen a otros idiomas! También apareció, con cierto éxito, en la popular web menéame. En fin, sin más aquí les dejo con este delirio pseudoliterario, que he retocado ligeramente por aquello de poder decir que está remasterizado y con menos emisiones de CO2 que el original.


Como todo el mundo sabe, Photoshop es un programa utilizado por cientos de miles, quizá millones, o miles de millones, de personas y algún que otro oso hormiguero. Pero prácticamente todos ellos emplean versiones pirateadas: solo existen 3 casos documentados en el mundo entero de personas que hayan comprado una licencia. Durante mucho tiempo se creyó que, en realidad, eran 4, pero finalmente Adobe confirmó en una rueda de prensa que en sus registros solo constan 3 nombres, si bien esto no descarta la posibilidad de que algún millonario excéntrico (uno de esos 3 nombres) haya comprado dos licencias. Este extremo no ha sido confirmado ni desmentido hasta la fecha por Adobe.


Photoshop CS5, programa premiado recientemente por la prensa especializada
con el galardón “Programa con peor rima de los últimos 20 años”.

Durante mucho tiempo, la identidad de estos seres casi mitológicos se ha mantenido en el más estricto de los secretos, pero fuentes de confianza han revelado a este blog la identidad de uno de ellos. Tras unas intensas negociaciones, el susodicho, al que llamaremos Pepe para proteger su identidad, ha accedido a ser entrevistado en su domicilio (azul: entrevistador, granate: entrevistado).

– Hola, Pepe, y gracias por conceder esta entrevista.

– No hay de qué.

– Por cierto, la entrevista no es gratis. Tiene que pagarme. Son 500 euros.

– ¿500 euros? Joder. Está bien, tenga.

– No hombre, no, que es broma. Era una prueba para comprobar que realmente está dispuesto a pagar por cualquier cosa.

– Menos cachondeo, ¿eh? Que bastante cruz tengo con lo mío.

– De eso quería hablar, precisamente. Pero comencemos por el principio, ¿cómo ocurrió? ¿Fue un accidente, una borrachera, o realmente era consciente de lo que estaba haciendo cuando adquirió la licencia?

– No quiero engañar a nadie, había bebido, es cierto. Pero si ese fuese el auténtico motivo, millones de personas tendrían licencias de Photoshop… Simplemente, descargué la versión de prueba, me gustó el programa y como acababa de cobrar la paga extra y unos atrasos, me lo fundí en la licencia. En aquel momento, me pareció lo más normal del mundo. Aunque también es verdad que me lié, porque pensé que el precio era en pesetas… y claro, era en euros, no le digo más.

– Pagó con tarjeta, supongo.

– Sí, para eso no hubo problema, metí los números y en un periquete tenía mi Photoshop y mi número de serie. Pero antes de que me hubiera dado tiempo a meterle el código, me empezó a sonar el teléfono de casa. Por pereza no contesté, porque había pillado la posición en el sofá y no quería moverme. Pero como no dejaban de llamar una y otra vez, al final me puse. Y adivine quién era.

– ¿El Papa de Roma?

– Casi, pero no. Era de la mismísima Adobe, un tipo que me decía, muy alarmado, que alguien acababa de usar mi tarjeta para comprar una licencia de Photoshop, y que si ya había denunciado el robo. Yo le dije que nada de robo, que era yo mismo el que lo había comprado. Se hizo un silencio y ahí ya empecé a notar que pasaba algo raro, porque a continuación oí cómo el tipo les decía a sus compañeros que realmente habían vendido una licencia, y de inmediato se escuchó un estallido de gritos de alegría, aplausos y ruido de copas de cristal chocando entre sí. Incluso juraría que alguien se desmayó. Yo no entendía nada.

– ¿Cuándo fue realmente consciente de lo que había hecho?

– Pues aquella misma noche. No sabía cómo meter el código, y empecé a mirar por Internet para ver si lo explicaban. Entonces empecé a encontrarme números de serie piratas y cosas por el estilo, y me di cuenta de que era el único en más de 10.000 kilómetros a la redonda que había pagado por el programa. Intenté anular el pago, pero claro, no se podía, y en Adobe ya nadie me cogía el teléfono – se ve que se habían ido todos de fiesta, a celebrarlo. Menuda mariscada que se debieron pegar a mi costa esos canallas.

– Debió de ser muy duro cargar usted solo con ese peso.

– Bueno, al principio opté por contárselo a mi mujer: pensé que me apoyaría, pero no vea cómo se puso cuando se enteró de que aquello eran euros y no pesetas… Que si «con ese dinero podríamos haber cambiado los muebles del comedor, que están que dan pena«, que si «yo no voy ni a la peluquería para que tú te patees el dinero en chorradas«, que si «yo no sé qué te vi para casarme contigo«… En fin, solo le diré que al día siguiente, cuando me desperté, ella había hecho las maletas y se había largado. Comprendí entonces que había comprado algo más que una licencia de software: aquella sería mi cruz, y tendría que llevarla en secreto. No podía contárselo a nadie, o sufriría burlas y rechazo.

– No debe de ser fácil utilizar Photoshop en la intimidad, llevar esa doble vida, a espaldas de todo el mundo.

– No, no lo era. Y, de hecho, acabé teniendo un desliz: un día que vino un amigo a casa, olvidé apagar la pantalla del ordenador. Cuando mi amigo vio el icono de Photoshop en el escritorio, se sorprendió y me preguntó qué «crack» había usado para piratearlo. Me puse blanco como la pared, porque si mis amigos se enteraban, sería el hazmerreír de todos. Pero yo de cracks y esas cosas no sé nada, bastante trabajo tuve con averiguar cómo se introducía el número de mi licencia, así que no sabía qué decir.

– Vaya papelón, desde luego. ¿Y cómo lo arregló?

– Me inventé que me lo había crackeado un amigo común. No se me ocurrió otra cosa, fue lo primero que me vino a la cabeza. Pero eso fue pan para hoy y hambre para mañana, porque al cabo de poco, me llamó ese otro amigo para saber por qué me había inventado que él pirateaba Photoshops. Me inventé otra trola para salir del paso, pero ya daba igual, era simple cuestión de tiempo que atasen cabos y descubrieran la verdad. Y en fin, para que lo voy a alargar: al final tuve que huir de allí e irme a vivir a… bueno, no voy a decirlo, claro. Imagínese que se enteran mis vecinos.

– Me hago cargo, por supuesto. Debo reconocer que es una historia muy triste: lo perdió todo por una mala decisión. Pero tener una licencia legal también debe de haberle reportado alguna ventaja, ¿no?

– Bueno, sí, por un lado he ganado a mis amigos de Adobe. A veces llamo al servicio técnico, y claro, al haber solo 3 licencias en todo el mundo, siempre me cogen la llamada a la primera, porque no llama nadie. Por lo general, acabamos hablando un poco de todo; de política, de fútbol, de cotilleos… De hecho, la verdad es que me invento excusas para llamar y echarme un par de horas de charla cada tarde, porque lo que es el Photoshop, lo debí de usar unos 20 días como mucho, y luego lo acabé desinstalando. No entendía ni jota con tanto menú, tanto panel y tanta cosa rara.

– ¿Solo 20 días? Pero entonces, ¿por qué no aprovechó los 30 días del periodo de prueba?

– Ah, ¿pero tanto dura el periodo de prueba? Vaya por Dios, a buenas horas me entero. Además, yo solo lo quería para intentar hacer más pequeñas las fotos del bautizo de mi sobrina y mandárselas por email a mi tío tercero, y ni con la ayuda de los del servicio técnico lo conseguí hacer, y eso que tenían más paciencia que un santo. Al final encontre una cosa llamada «Paint» en el Windows, y con eso pude reducirlas.

– ¿Y qué hay de los otros 2 poseedores de una licencia oficial? ¿Tiene contacto con ellos?

– Lo tuve al principio: Adobe nos puso en contacto, aunque por supuesto, no nos conocíamos por el nombre: utilizábamos las últimas 3 cifras de nuestros números de licencia para identificarnos. A uno de ellos le pasó como a mí, que lo compró por error. El otro se ve que era un ricachón que se había comprado la licencia para fardar delante de los amigos. Pero los tres teníamos algo en común: no sabíamos usar el programa, así que se nos ocurrió apuntarnos a un curso online de Photoshop para sacarle partido. Pero la cosa no salió bien, porque teníamos el Photoshop instalado en idiomas distintos, y cada uno quería apuntarse a un curso en su lengua. Un follón, aquello venía a ser como la torre de Babel, pero en RGB. Total, que al final nos peleamos y no hemos vuelto a hablar, aunque los del servicio técnico, que siempre comparten los cotilleos, me han contado que uno se ha sacado un diploma en Paint, y que el otro va por ahí intentando vencer su licencia, sin éxito, claro.

– Una historia desgarradora, desde luego. Muchas gracias por compartirla con nosotros. ¿Hay algo más que quiera decir para terminar esta entrevista?

– Solo mandar un saludo a los otros dos usuarios. Aunque ya no nos hablemos, les deseo lo mejor. Y saludar también a mis amigos del departamento de licencias de Adobe, que se pasan el día jugando al buscaminas.

– Saludados quedan.


Cae, por tanto, un mito: sí existe gente que haya comprado licencias de Photoshop. Próximamente, intentaremos demostrar la existencia -o no- de otros seres supuestamente fantásticos como la momia, el hombre lobo o los políticos honrados. Permanezcan atentos a sus pantallas, o a la pantalla del vecino si no tienen tele.

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