Recientemente tuve ocasión de «juguetear» unos días con una Panasonic Lumix FZ200 (una cámara bridge). Ni la he tenido tanto tiempo como para hacer un análisis a fondo, ni tampoco es mi intención pues da mucho trabajo y, además, creo que es una cámara que no tardará demasiado en ser reemplazada por otro modelo. Pero sí que dediqué unos días a estudiar el tema de las cámaras bridge superzoom, un segmento que encuentro muy interesante y que tenía un tanto olvidado. Así que he pensado en escribir un poco sobre las bridge en general y la Panasonic Lumix FZ200 en concreto, y a la vez, hacerlo prestando especial atención a una de sus competidoras, la Canon SX50 HS (que imagino que también será renovada a corto plazo por un modelo presuntamente mejorado).
La elección entre la propuesta de Panasonic y la de Canon es un «dilema» al que se ha enfrentado todo aquel interesado en una cámara de este tipo durante el último año, y aunque mi aportación llegue un poco tarde, y en todo caso incompleta (pues no he tenido en mis manos la Canon Powershot SX50 IS), he pensado que podía aprovechar mi experiencia para escribir un par de entradas o tres, en parte porque me ha llevado a reflexionar una vez más sobre el tipo de compromisos que siempre acabamos teniendo que asumir en fotografía a la hora de elegir entre la portabilidad del equipo, su versatilidad funcional y la calidad de imagen. Esta primera parte será más bien introductoria, ya que me gustaría hablar de las cámaras «bridge» en general y de mi experiencia con ellas. En todo caso, y aunque no vaya a estarlo repitiendo constantemente, todo lo que sigue es mi opinión, mi punto de vista, mi experiencia, mis preferencias personales, etc. No es la verdad universal y absoluta, si es que eso existe.
¿Qué es una cámara bridge?
Las «bridge» son cámaras que supuestamente «llenan» el hueco entre las compactas tradicionales y las réflex: por lo general, ofrecen un potente zoom que nos libra de los limitados rangos focales de las compactas, pero su óptica es fija (no intercambiable), con lo cual nos ahorramos tener que estar cambiando de objetivo cada dos por tres. Además, poseen controles manuales idénticos a los que encontraríamos en cámaras más avanzadas – de hecho, suelen tener el aspecto de una «mini réflex» y una ergonomía similar en un tamaño más contenido (tienen visor, pero suele ser electrónico).
No obstante, hoy en día la cosa ha cambiado un poco y, aunque las bridge siguen teniendo razón de ser, lo cierto es que ese «hueco» entre compactas del montón y réflex se ha ido poblando con más y más alternativas: desde compactas avanzadas como la Sony Cybershot RX100 hasta réflex en miniatura como la Canon EOS 100D, pasando por todo tipo de máquinas de óptica intercambiable, pero sin espejo (micro cuatro tercios, sistemas de cámara compactos, sistemas híbridos, EVIL… hay casi tantos nombres y monturas como fabricantes), y alguna que otra rareza de sensor grande pero óptica fija, como la Sony RX1, la Fuji X100 o la Canon G1X. Por otro lado, incluso las compactas «sencillas» han alcanzado unos niveles de «zoom» que rivalizan con los que ofrecían las primeras bridge hace ya unos cuantos años.
Con tanta competencia, el atractivo y razón de ser de las bridge corría el riesgo de verse muy reducido, cosa que han compensado mejorando sus características, muy especialmente una de ellas: el zoom, que en la actualidad ha alcanzado niveles estratosféricos (a fecha de hoy, creo que el récord está en 1200 mm).
Nota: El zoom a menudo se expresa como un multiplicador que relaciona la focal mínima y la máxima – por ejemplo, el 24 mm-1200 mm de la Canon SX50 es un zoom «50x», dado que 24 x 50 = 1200. El valor de multiplicación del zoom a menudo se emplea como forma «sencilla» de comparar la potencia de zoom de distintas cámaras, y de hecho suele aparecer destacado en la lista de características, pero hay que tener presente que, si no se sabe interpretar, puede resultar engañoso si se toma como indicador del valor de «ampliación» máximo – por ejemplo, hace poco se ha anunciado la Panasonic DMC FZ70, con un rango focal de 20 mm-1200 mm. Esto equivale a un zoom «60x», lo cual podría sugerir un mayor alcance visual que una cámara con zoom «50X» como la mencionada Canon, pero en realidad, el extremo tele es idéntico en ambas cámaras: 1200 mm. A su vez, vale la pena señalar, sin entrar en mucho detalle técnico, que hablamos de focales equivalentes en 35 mm – esto es una forma «estándar» de comparar, pero las cifras «reales» de estas cámaras son mucho más pequeñas. Es por eso que los valores «nominales» que figuran en el frontal del objetivo son mucho menores; por ejemplo, 4.3 mm – 215 mm en vez de 20 mm – 1200 mm, puesto que estas cámaras tienen un elevado factor de recorte que «multiplica» las distancias focales, reduciendo el ángulo de visión efectivo, como consecuencia del minúsculo sensor sobre el que proyectan su imagen.
Por otro lado, las bridge actuales conservan sus ventajas originales: visores electrónicos (que son mejor que nada, si se comparan con cámaras que carecen de este elemento por completo), pantallas móviles o modos macro con distancias de enfoque cortísimas (1 mm en muchos casos), además de la posibilidad de ampliar todavía más sus capacidades mediante complementos como filtros, convertidores para aumentar el angular o tele, o accesorios que se conectan en la zapata de flash incorporada.
Pros y contras de una cámara bridge
Las ventajas de estas cámaras son evidentes: versatilidad. Permiten hacer casi todo tipo de foto con una sola máquina, sin ir más cargado que una mula ni perder el tiempo cambiando de óptica cada vez que la ocasión fotográfica lo requiere. La pantalla móvil facilita enormemente la composición y, si no es así, disponemos igualmente de un visor (electrónico), además de tener la posibilidad de acoplarle un flash externo si fuese necesario. En definitiva, estas máquinas hacen de la fotografía una experiencia mucho más fluida y divertida – de hecho, otro de los calificativos que reciben es «cámaras de viaje» por su buena compenetración con el ambiente lúdico-festivo de todo turista empeñado en afotar multitud de motivos en un corto espacio de tiempo, dado que ofrecen desde un generoso angular hasta un teleobjetivo gargantúico, pasando por todas la focales intermedias e incluyendo modo macro, panorámicas automáticas o autorretratos impecables gracias a las pantallas totalmente abatibles que pueden orientarse en cualquier dirección.
Claro, poder cubrir todas esas situaciones afotadoras con una sola cámara suena maravilloso. Desde aquí puedo intuir cómo muchos empiezan a salivar y sus pupilas se dilatan… pero ¡alto! No tiren todavía sus equipos de ópticas intercambiables, por que no lo he contado todo. He dicho que podremos afrontar todos esos casos… pero no que el resultado vaya a ser plenamente satisfactorio. Para empezar, una cifra: 1/2,3″. Este dato, mejor que ningún otro, hará que nuestros pies recuperen el contacto con el suelo, y que un escalofrío recorra el cuerpo de muchos de nosotros: efectivamente, se trata del tamaño de sensor de la compacta «estándar» (6,17 mm x,4,55 mm, aunque suele expresarse como 1/2,3″), que no da mucho de sí en términos de calidad de imagen. Es decir, aunque el tamaño de estas cámaras es bastante superior al de una compacta normalilla, en realidad tienen un «corazón» muy similar al de estas, por no decir idéntico. Visto así, puede llegar a parecer que nos la están intentando meter de canto, doblada y con tirabuzón – como si nos vendiesen la carrocería de un Ferrari con el motor de un Seat Seiscientos. Sin embargo, no se trata de ningún engaño; de hecho, esta limitación es lo que permite crear estos zooms tan potentes y baratos, ya que el tamaño, peso y complejidad de la óptica aumentan con el tamaño del captor (y con la luminosidad de la óptica, claro). Con un sensor mayor, sería muy difícil, y desde luego mucho más caro, crear algo remotamente similar.
Incluso así, desarrollar ópticas de tanto recorrido focal suele poner de manifiesto aquello de que «el que mucho abarca, poco aprieta«: son lentes que sirven para todo pero no destacan en nada. No voy a poner muchos ejemplos al 100%, pero creedme, la calidad de estas lentes se debate entre lo mediocre y lo francamente malo (si las comparamos con ópticas intercambiables de cámaras de categorías superiores, claro). Peor todavía: como dije antes, la luminosidad es otro factor limitante en la construcción de la óptica si queremos que esta se mantenga dentro de un tamaño y coste razonables, por lo que es habitual que el extremo angular cumpla justito, y el extremo tele roce la catástrofe con valores de diafragma difíciles de conjugar con distancias focales tan largas, por muy estabilizada que esté la óptica (traducción: como no haya una luz excelente, la trepidación está servida). De todos modos, luego hablaré más de esto.
Mi interés por las cámaras bridge
El asunto es que, con sus pros y contras, siempre me ha gustado disponer de una de estas cámaras como parte de mi equipo. Mi segunda cámara digital compacta (allá por 2006, creo recordar) fue una Canon Powershot S3 IS de 6 megapíxeles, cuya óptica equivalía a un 36 mm – 432 mm (zoom 12x) con una luminosidad variable de f2.7 – f/3.5 (aún decente gracias a un rango focal contenido y un sensor todavía más pequeño: 1/2,5″).
Con esta cámara aprendí un montón y disfruté más, por lo que más adelante, aunque ya me había pasado al mundo réflex digital, la vendí para adquirir una Canon Powershot SX10, dos o tres generaciones más avanzada que la S3, y con mejores especificaciones: sensor de 1/2,3″, 10 megapíxeles, y mayor rango focal equivalente (28-560 mm, un zoom de 20x), con una apertura de f/2.8 en el extremo angular, pero un «flojo» f/5.7 en el extremo tele.
Aunque también disfruté con la Canon Powershot SX10, no le di tantísimo uso. Me venía muy bien porque me permitía hacer fotos de todo tipo sin ir cargado (voy con muletas, así que me pesan hasta las pestañas). Pero, por otro lado, ya por aquel entonces empezaba a tener la vista más entrenada y se había iniciado de forma irreversible mi conversión en «gourmet» fotográfico. Mi réflex de aquel entonces era una cámara de sensor APS-C, que no es que fuera nada del otro mundo, pero claro, las ópticas y el sensor proporcionaban unos resultados que tenían poco que ver con los de la Canon SX10. No tanto, quizá, por la calidad de imagen pura y dura (distinta, sí, pero no tan percibible en ISOS bajos, salvo en comparaciones al 100%), sino por la mayor dificultad de la bridge para realizar enfoques selectivos, utilizar ultraangulares o disparar en raw, por mencionar solo alguna de sus carencias.
Durante bastante tiempo me debatí entre la libertad, creatividad y diversión que suponía usar esta camara, y la depresión que me producía comprobar luego en casa los niveles de ruido y aberraciones cromáticas de las imágenes, entre otras limitaciones. Encima, como dije antes, la cámara no tenía formato raw, solo tiraba en jpg. Bueno, en realidad se le podía añadir la opción del raw mediante un firmware «alternativo» (el CHDK), pero esto complicaba el manejo de la cámara y suponía unos tiempos de espera inasumibles entre foto y foto. Total, que me la acabé vendiendo para financiar parcialmente la compra de la Sony Cybershot RX100: renuncié a cantidad (de zoom) a cambio de calidad, y desde luego no me arrepentí.
Pero incluso así, desde entonces he echado de menos afotar con una cámara de estas características, por muchas limitaciones que pueda tener. Porque, como ya he dicho varias veces, estas cámaras son divertidas, te hacen pensar de otra forma, sentirte preparado para afrontar cualquier escena, y eso es algo que crea cierta adicción. Supongo que, en general, tendemos a olvidar lo malo y recordar lo bueno, así que ahora, tras un año sin bridge alguna, me entró la añoranza y me puse a investigar cómo estaba el panorama tecnológico en este segmento de cámaras.
En la siguiente entrada seguiré con el rollo, y hablaré de las 2 cámaras bridge que más me llamaron la atención: la Canon Powershot SX50 HS, y la Panasonic Lumix DMC-FZ200.
