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Plugins y creatividad

En la entrada anterior describí los que considero los mejores plugins para Photoshop, especialmente para fotografía, pero también hablé de mi evolución en su uso.

Esta entrada profundiza en las conclusiones a las que me ha llevado esa experiencia, pues la filosofía e intención con que abordemos este tipo de complementos (plugins o filtros – usaré ambos términos indistintamente) determinará cuáles usar y cómo usarlos para obtener el resultado buscado. Si bien empezaré y terminaré hablando de plugins, en la parte central me pasearé un poco por otros temas que, aunque considero relacionados, también podrían abordarse de forma independiente.

En esta entrada, la creatividad supuestamente artística y otros delirios metafísicos cobrarán una relevancia especial.

Plugins técnicos y plugins creativos

De entrada, me gustaría hacer una distinción entre dos tipos de plugins que podríamos definir como técnicos o creativos. Podría haber otras clasificaciones, pero esta, que atiende al uso concreto del plugin, me parece apropiado para lo que quiero exponer a continuación.

El primer tipo, que llamaré «plugin técnico«, se refiere a filtros que mejoran de forma objetiva las características de la foto: reducción de ruido, corrección de perspectiva, aumento de tamaño con la minima pérdida posible de detalle, eliminación de aberraciones cromáticas, enfoque para pantalla o impresión, hdr (entendido como la combinación de información de varias tomas para crear una imagen de 32 bits) o incluso el suavizado de piel si me apuráis, aunque esto ya sería un caso algo más particular. Es decir, se trata de paliar defectos típicos de la imagen, causados por limitaciones o imperfecciones del material fotográfico. Estos plugins son los que más a menudo se solapan con funciones ya disponibles en Photoshop, y pienso que no hay mucho que decir sobre su uso: si, por ejemplo, un plugin tiene un perfil para corregir la distorsión de una óptica y ese perfil es mejor que el de Camera Raw (o quizá es un objetivo que ni siquiera tiene perfil de Adobe), se usa y ya está. Pero me refiero a que, a diferencia de lo que ocurre con los plugins «creativos» de los que enseguida hablaré, se trata mayoritariamente de correcciones que difícilmente vamos a aplicar manualmente. Dudo que alguien enfoque trazando los contornos con el pincel en una máscara de capa que cree contraste, o reduzca el ruido píxel a píxel clonando el ruido. Se requiere un algoritmo que aisle esa información y que la trate, y en este sentido, no hay que confundir la aplicación de uno de estos filtros con algún tipo de decisión creativa.

Muchos plugins son una alternativa a características que ya existen en ACR/PS.

Por otro lado, las ayudas creativas, o «plugins creativos» como los llamaré aquí, responden a una necesidad bastante diferente: se trata de imprimirle un aspecto especial a la fotografía, típicamente manipulando su luminosidad y colores, aunque la gama de modificaciones posible es muy amplia, tanto, que puede que esto se mezcle con alguna modificación más «técnica», si bien aquí el acento está puesto en una cuestión perceptiva, estética, y no tanto de perfeccionamiento o corrección. Es más: irónicamente, algunos de estos filtros creativos se basan en la introducción artificial de defectos (fugas de luz, viñeteos, ruido, distorsión de barril, etc.) como los que eliminan los plugins del primer tipo.

En esta entrada voy a referirme principalmente a este segundo tipo de plugins, que es el que plantea más posibilidades de elección y uso.

Algunos filtros «creativos» nos dejan las fotos hechas unos zorros con la excusa de darles un look «vintage».

Dos formas de usar los plugins creativos

En realidad, hay infinidad de formas de usar este tipo de plugins, pero creo que podríamos caracterizar dos filosofías características que en la práctica se combinarán entre sí en distintas proporciones. El motivo por el que quiero hacer esta distinción no es tanto por la técnica en sí misma sino por las causas e implicaciones de optar por estas vías, lo cual nos llevará más abajo a hablar de la creatividad y de la faceta artística de todo este tinglado:

(1) El plugin como solución «1 clic»: Es la forma más básica de usar el plugin; simplemente, abrir la imagen y darle un efecto. Quizá sea más de un clic, claro, pero tampoco muchos más. Esto puede tener su utilidad especialmente si tenemos series de fotos que tratar en las que no podemos entretenernos mucho, ya que facilita la aplicación de alguna «receta» que sea de nuestro agrado, y además, imprime cierta coherencia a todas las imágenes si optamos por aplicarles más o menos el mismo efecto a todas. Pero otras veces, el plugin como solución «1 clic» se aplica simple y llanamente porque es más fácil que trabajar la foto «a mano» en nuestro editor de imágenes, y/o porque nuestros conocimientos de Photoshop nos limitan y no nos llevarían tan lejos. Esto en cierto aspecto puede sonar mal o falto de mérito, pero no está de más recordar que durante muchos años y aún hoy en día, se han empleado ciertos tipos de película o cámara para conseguir resultados sobre los cuáles no había mucho control posible. En el caso de máquinas como las Lomo o las Polaroid, este control ni siquiera se busca, pues hacen de esa espontaneidad un valor en sí mismo. Tampoco está de más señalar que en diversas disciplinas artísticas se acepta que el azar o la impredicibilidad causada por el material o por las técnicas utilizadas (o hasta por el consumo de ciertas sustancias) contribuyan al resultado. En definitiva, siempre habrá elementos fuera de nuestro control, y renunciar a más o menos de estos elementos es una cuestión arbitraria que cada cual decide y que no implica renunciar a un estilo propio (si bien, por supuesto, el riesgo de terminar creando «clones» no debe ser infravalorado).
Por tanto, no creo que esta vía sea necesariamente «mala», y menos si tenemos en cuenta que partimos de una «materia prima» totalmente genuina, que es la fotografía. Como mucho, quizá este enfoque del «1 clic» sería censurable cuando la única motivación para adoptarlo fuera ahorrarse trabajo e imprimir espectacularidad a tomas insulsas o de escaso interés compositivo. El mayor riesgo de caer en esto, más que en Photoshop, yo creo que lo encontraríamos en Instagram y sus filtros a peseta el kilo. Pero en fin, cada cual que sea feliz a su manera.

Cuánto daño ha hecho el Instagram: fotos hechas casi al azar y acabadas de desgraciar con filtros aplicados sin ton ni son. De la frescura de lo espontáneo al caos de la improvisación forzada va un paso.

(2) El plugin como herramienta / acabado: En este caso, el uso del plugin se inscribe en un marco bastante más amplio: primero llevamos a cabo un trabajo detallado para corregir defectos técnicos, mejorar la composición reencuadrando o eliminando distracciones y redistribuyendo tonos si su distribución no se presta a lo que buscamos, tanto en luminosidad como en color. Cada foto será una historia distinta y necesitará más de una cosa o de otra: lo que quiero dejar claro es que antes de nada, habrá habido un trabajo preparatorio que puede ser muy largo y requerir mucha dedicación y talento. Y entonces, cuando la cosa empiece a estar bastante encarrilada, será cuando los plugins y otros recursos creativos podrán empezar a cumplir su papel. [A este respecto, y antes de seguir, me gustaría señalar lo típico que es que algunos espectadores de nuestra obra atribuyan erróneamente al uso de un plugin todo el mérito «visual» del resultado final, un atractivo que, en realidad, viene en su mayor parte de ese trabajo previo, tanto en la composición y preparación de la toma como en esa fase de preparación previa. No deja de sorprenderme lo cortos de miras que son algunos aficionados al creer que determinados «looks» se obtienen mediante la aplicación casi mágica de algún filtro.]
Siguiendo con lo que decía, por norma, tras tanto trabajo, raro será que queramos optar por la vía del «1 clic» – podríamos hacerlo, y quizá alguna vez lo hagamos, porque una foto bien trabajada de inicio se presta mucho más a recibir un acabado de este tipo, pero más posiblemente, querremos aplicar el plugin solo en una zona, o más en una zona que en otra. Esto implicará crear alguna máscara y jugar con la opacidad de las capas que contengan estos efectos. Un ejemplo clásico serían los plugins que proporcionan más detalle aumentando el contraste local: si aplicamos el efecto a la capa entera, será como pasar la apisonadora y dejarlo todo plano, porque si todo destaca, nada destaca. Lo más útil seguramente sea aplicarlo solo en zonas relevantes de la composición, y quizá un poco al resto de la escena, pero más discretamente y simplemente para que no «choque» en exceso con esas otras partes. Otro ejemplo sería algún efecto de tipo proceso cruzado: quizá nos convenza en las luces pero no en las sombras, y tengamos que aplicarlo con una máscara de luminosidad o manipulando los controles «Fusionar si es» de la capa del efecto. O darle/quitarle saturación. Etcétera, etcétera. Y así con todo. En esta forma de trabajar, el plugin es un recurso más, una herramienta, y normalmente interviene más en la fase de finalización, cuando ya lo tenemos todo pulido y queremos darle personalidad y carácter a la imagen (cosa que puede llevar más tiempo del que parece, aunque sea una modificación más sutil que las anteriores). Generalmente, la necesidad de darle este acabado no se entiende sin cierta motivación artística, y es por eso que el siguiente apartado profundiza en este aspecto.

Esta clase de rarezas no se entienden sin una exquisita sensibilidad artística por parte de su autor… o bien algún problema en la vista xD

Fotografía artística y creatividad

Hasta aquí, he descrito que hay plugins técnicos y plugins creativos, y que estos plugins «creativos» se pueden aplicar un poco «a palo seco» y que salga lo que sea (1 clic), o bien como una herramienta más encaminada a darle un aspecto o acabado determinado a la imagen.

Pero, a todo esto, posiblemente habría que plantearse primero por qué querríamos intervenir en una imagen con fines puramente estéticos: ¿no corremos el riesgo de acabar priorizando la forma sobre el contenido, o peor incluso, de acabar falseando y distorsionando el valioso contenido de la toma? Es posible, pero ¿cuál es ese valioso contenido? ¿Dónde radica el interés de una fotografía para el autor y el espectador?  ¿Está ese interés en la mirada o en lo mirado?  ¿Es una forma de ver las cosas, o es la forma de las cosas que cualquiera vería?

¿Cuál era la intención del artista en esta foto? ¿Reflejar el aspecto real de esta calle, o la confusión anímica de su deambular vital? Y, todavía más importante, ¿realmente cree que este tipo de fotos le ayudarán a ser percibido como un genuino artista y, por tanto, a ligar más?

Si planteo esta cuestión es porque creo que el uso de un plugin como herramienta/acabado solo tiene sentido si nuestra fotografía apunta, en alguna medida, una intención artística. Esto no quiere decir que tenga que ser la gran obra de arte: simplemente me refiero a que nuestro planteamiento no solo da importancia a lo mirado, sino también a la mirada. En algún caso, incluso puede que lo mirado, lo «real«, carezca de relevancia en sí mismo, y que el protagonismo esté en la forma de contemplarlo y representarlo, con lo que nuestra obra adquiere casi un carácter conceptual (esto es aplicable tanto al hacer la foto como al procesarla, si bien aquí me centro más en lo segundo).  A este efecto, puede venirnos bien consultar la segunda acepción de «arte» que encontramos en la definición del diccionario de la Real Academia – que no es que contenga la verdad absoluta sobre nada, pero a menudo constituye, como mínimo, un punto de partida más fácilmente consensuable:

Arte: Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.

Con esto no quiero perderme en las siempre pantanosas cuestiones semánticas, solo intento diferenciar un afán más neutro o documentalista de uno más artístico/creativo (que tampoco es que sean mutuamente excluyentes al 100%, pero ahora quiero distinguirlos tanto como pueda). En este sentido, yo me identifico muy fácilmente con esta definición, porque busco un resultado final basado en «mi» realidad, no en «la» realidad – si es que existe «la realidad» como algo desconectado de nuestra percepción (esto ya sería otro tema). Esto no es nada excepcional – muchos de quienes lean esto (quizá incluso la mayoría), harán esto mismo, aunque a su manera. En mi caso particular, quiero que no solo la composición, el ángulo y el enfoque en el momento de hacer la foto, sino también los colores, los contrastes y los elementos que dependen del tratamiento digital, transmitan mi percepción. Quiero que la foto refleje lo que ocurre a ambos lados del objetivo. Si hago fotos para bancos de imágenes o para un catálogo, evidentemente es otra cosa. Pero en mi fotografía «personal», quiero mostrar cómo lo que se veo se amolda a mi relieve emocional y se convierte en una interpretación, con toda la influencia de mi memoria, de mis prejuicios y del humor que tenga ese día. Si fuera un historiador o un fotoperiodista, entonces sí, fotografiaría «la» realidad y mi prioridad sería reducirla a una cuestión pesable y medible, informativa, tan fiel como fuera posible a una supuesta realidad objetiva en la que mis circunstancias personales deben quedarse al margen (y los plugins «creativos», ni mentarlos). Como ya maticé al principio de este párrafo, esto tampoco es que esté reñido con captar algo bello o dramático tal como ocurre ante nosotros, pero en general es otro planteamiento y, de hecho, en el tratamiento digital de este tipo de tomas más «neutrales» se evita al máximo toda intervención que vaya más allá de las correcciones técnicas o tonales imprescindibles. Pero esto en absoluto es exclusivo de un profesional como un periodista o un fotógrafo de muestras: si lo menciono es porque, aun en nuestra faceta aficionados, es perfectamente posible que nos sintamos más cómodos adoptando esta postura. Es más: hasta es posible que ni siquiera sea una elección, y que sencillamente, no concibamos la fotografía de otro modo. Volvemos a lo de siempre, cada cual a lo suyo.

No todo es artisteo y paranoias: la fotografía costumbrista, documental y serena, alejada de estridencias cromáticas y delirios visuales, suele vivir bastante alejada de plugins tipo Nik o Topaz.

Pero si sentimos la necesidad de incoporar nuestros sentimientos, experiencias y expectativas al proceso, y efectivamente lo hacemos, interactuarán con ese entorno al tomar la imagen y planear sus posibilidades en la fase de tratamiento. Hasta puede que dirijas la escena, como en una película, y que quieras mostrar o expresar algo que ni siquiera sea lo que has visto, sino algo que te gustaría haber visto, o algo que piensas que puede haber visto otra persona. O, simplemente, algo que nos parezca atractivo, magnético, bello, sin más, aunque nunca haya existido ni vaya a existir jamás. Al final, como en cualquier otro «arte» (entre comillas porque ya dije que no quiero meterme en jardines semánticos), el proceso creativo es en gran parte un ejercicio de exploración propia y de juego o experimentación. Como escribir historias, componer canciones o pintar un cuadro. Esto tampoco significa que el resultado tenga que estar tan idealizado que apenas conserve puntos de encuentro con lo que pudiera considerarse una «realidad objetiva» (con todas las reservas que, como ya he dicho, tengo respecto a la posibilidad de captar algo objetivamente). Simplemente, supone el reconocimiento de que voy más allá de la neutralidad de acuerdo a todo lo que ya he expuesto más arriba, y me voy a relacionar con la realidad de otro modo.

Los filtros como ayuda creativa

¿Qué tendrán que ver los plugins con todo este rollo que acabo de soltar, pensaréis? Pues que convertir en imagen lo que uno siente o imagina con tanta viveza no es tan fácil como parece, ni en la toma ni en el procesado. Uno sabe más o menos por donde tirar, pero a veces se le plantean varias vías o, simplemente, siente que necesita experimentar. Y, por cuestiones prácticas, normalmente es en el ordenador donde más podemos recrearnos en estos aspectos: por supuesto, el momento de tomar la imagen es lo más relevante, y ofrece muchas variables, pero se presta menos al ensayo y error (en general, tenemos un margen de tiempo limitado). La tecnología en cambio, siempre nos brinda el «Ctrl+Z», la posibilidad de «Guardar» y seguir luego, e infinidad de otros pequeños milagros.

Con la cámara en las manos, la ventana de posibilidades es limitada: los modelos se cansan, las condiciones de luz varían… Pero delante del ordenador, el problema es casi el contrario: saber cuándo parar y no empacharse con unas posibilidades que son casi ilimitadas.

Y es aquí donde encuentro que algunos plugins me proporcionan ocasionalmente una gran ayuda: si, por ejemplo, quiero más azul en las sombras o menos contraste en cierto rango de tonos, y a continuación quiero probar lo contrario pero creando un efecto difuso en las luces y potenciando la textura de algún elemento, tengo que entretenerme unos segundos o minutos, y esto puede hacerme perder el contacto con esa «visión». ¿Resuelven los plugins esta papeleta? No al 100% (al menos para mí), pero sí agilizan partes de este proceso: son un recurso más, como cualquier otro de los que incorpora Photoshop, pero tan bien orientados a este tipo de resultados, que pueden marcar la diferencia. En cierto modo, algunos filtros comparten con Camera Raw una organización de controles tan fotógrafica y tan orientada al resultado buscado, que se convierten en una extensión natural de nosotros. Por ejemplo, con ciertos plugins, y empleando preajustes como punto de partida, puedo alternar muy rápidamente entre distintos caminos, y esa rapidez de respuesta me proporciona una ayuda de un valor incalculable a la hora de acotar el aspecto que estoy buscando: me libera de tareas más mecánicas y engorrosas, permitiéndome así ponerme en modo «artista» (entre muchas comillas) y estar más pendiente de mis percepciones y de mi intuición para explorar en una u otra dirección. Desde luego, se podría argumentar que el uso de un plugin, de un modo u otro, condicionará el resultado en alguna medida, pero como ya dije antes, la aceptación de cierto «azar» en el resultado no es necesariamente mala en este contexto: pienso que no hay que temerla, y que adecuadamente gestionada, puede ser incluso enriquecedora. Aparte, repito una vez más que aunque se le puede dar mucho protagonismo al plugin, también podemos usarlo como un ingrediente o apenas un mero condimento: a medida que acumulemos experiencia, aprenderemos a aplicarlo allí donde sea necesario, en sutiles dosis cuya pequeña aportación sume valor al proceso sin alterar el rumbo de este (y eso, si es que llegamos a usar algún filtro, pues no siempre va a ser necesario ni mucho menos).

Todo esto que torpemente explico no es ni mucho menos algo exclusivo de mí, de hecho viene a ser lo que Calvin Hollywood (un fotógrafo y retocador alemán) llama el «80/20«: una fase final en la que consigue el «look» especial de cada foto (el 20% final), pero a base de experimentar rápidamente, hacer una cosa, otra, fusionar, aplicar un plugin, etc. (lo cual puede consumirle el 80% del tiempo). En esta fase, Calvin trabaja de forma bastante destructiva (con ajustes directos o fusionando capas), con el fin de potenciar este componente intuitivo y no empantanarse más de la cuenta con capas de ajuste o modificaciones reeditables.

El Calvin. Gran fotógrafo, retocador y maestro photoshopero.

Es en este contexto donde no tiene precio para mí abrir el Color Efex Pro 4 o el Exposure 5 (o el que sea), y empezar a probar ciertos preajustes, manipularlos, dejar que broten ideas, cancelar y volver a Photoshop y aplicar esas ideas a mano o tal vez mediante otro plugin… quizá algo me ha hecho ver que cierto elemento de la foto precisa más luz, o que la parte inferior distrae porque tiene mucho color o demasiado contraste. Duplico la capa, pruebo algo rápido, comparo y apuesto por esa opción o bien la borro y vuelvo atrás, y ahora sí que aplico el filtro, pero le pongo máscara y le bajo la opacidad. Es un momento de creatividad máxima cuyo límite a menudo está en lo ágiles que seamos con el ordenador, de ahí que si no tenemos un buen manejo de Photoshop, la cosa a veces se atasque, porque si te has de parar a pensar si el negro oculta o muestra en una máscara, o se te atraviesa una selección porque no sabes perfeccionarla o porque la pluma se te rebela… al final te distraes o avanzas a trompicones y pierdes esa inspiración, esa visión. En parte, este es uno de los motivos por el que tanto insisto en los atajos, que en momentos así, ayudan notablemente a evitar que Photoshop se convierta en el cuello de botella de nuestros planes – mi artista interior es tan caprichoso, que igual la inspiración se me esfuma en lo que tardo en abrir un menú.

Pero incluso tras toda esta movida, nunca o casi nunca doy por terminada la faena en Photoshop: para acabar de veras, me falta pasar por mi filtro favorito, Camera Raw, o mejor dicho, Lightroom (que para el caso es lo mismo) pues es allí donde remato la imagen, aplicando esta vez sus controles sobre el tiff o psd (digo «esta vez» porque lo normal es que inicialmente ya los haya usado, pero con el raw del que partí). Por eso quise incluir ACR/LR como plugin en la posición «0» de la lista de la entrada anterior – tan importante es para mí, aunque solo sea para darle unos pequeños ajustes requetefinales.

Como se dice en catalán, «roda el món i torna al Born»: empiezo en ACR/LR, y tras vivir infinidad de aventuras y peripecias en PS, es aquí donde recalo finalmente antes de concluir. Un círculo más virtuoso que vicioso.

Por tanto, el motivo de usar esos plugins no es porque no sepa hacer algo similar a esos efectos, o porque sea «vago» (que lo soy, pero no es este el motivo). El motivo es que he encontrado una serie de filtros que encuentro que plasman bien ciertos prototipos estéticos que me gustan, y por eso los uso, aunque por supuesto estas preferencias pueden ir cambiando con el tiempo (por ejemplo, hace años probé el Exposure 4 y en aquel entonces no sentí que me aportase nada). Mis fotos no tienen cierto aspecto porque lo haya inventado un plugin: al contrario, si he «conectado» con ese plugin es porque tiene encaje con mis anhelos visuales. Aunque, a la vez y como sugerí antes, también dejo margen para que sea el plugin el que me inspire y se haga un lugar en mi forma de procesar, igual que puedo inspirarme viendo obras ajenas, mirando una película u observando cómo llueve.

Conclusiones

Mientras escribía esto, busqué una definición del 80/20 de Calvin Hollywood porque no estaba seguro de si él lo llamaba 80/20 o 20/80. Y por pura casualidad, topé con un artículo de otro de mis admirados maestros fotógrafos-photoshoperos, Glyn Dewis. Me resultó curioso cómo su evolución coincide tanto con la que otras personas hemos tenido: parece algo casual, pero al final resulta evidente que si a muchos nos ha ocurrido más o menos lo mismo, no ha sido por casualidad (salvando en mi caso los años luz que me separan de alguien como él, claro). Resumidamente, Glyn explica cómo se aficionó a los plugins, hasta que llegado a cierto punto, empezó a sentirse un «fraude» y acabó eliminándolos todos y volviendo a lo básico, estudiando más y desarrollando su nivel de Photoshop y, por tanto, la confianza en sus habilidades, hasta que a raíz de su contacto con otros profesionales, reincorporó los plugins a su flujo de trabajo (pero pocos, concretamente los Nik Color Efex Pro 4 y el Topaz Details), usándolos en combinación con Photoshop y no como sustitutos de este. En ese sentido, Glyn recomienda no depender al 100% de ellos ni pretender acelerar la edición a base de aplicar un plugin tras otro sin saber lo que haces. Cosa de sentido común que además yo ya he dicho, pero claro, si lo dice él, ya es otra cosa.

Un antes/después de una foto procesada por Glyn Dewis para promocionar los plugins Topaz Labs, como podemos ver en esta entrevista.

Así que, para terminar, yo recomendaría que en primer lugar, consideréis plugins más técnicos, tipo reducción de ruido, corrección de perspectiva o perfeccionamiento de piel/retratos, por decir algo. Esto dependerá del tipo de fotos que hagáis, así que quizá no os haga falta ninguno. Y en segundo lugar, si sentís también esa necesidad más «creativa«, aconsejaría experimentar con plugins de ese tipo, pero que no se os vaya la cabeza y terminéis con veinte filtros que no sabéis ni para qué sirven – ya lo dije, mejor limitarse a pocos y buenos que acabar con muchos y mediocres.

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Una última reflexión en la que he reparado casi al final: seguramente para cumplir estas recomendaciones, haya que retocar fotos con bastante frecuencia, porque si lo hacemos muy de vez en cuando, bastante trabajo tendremos con que no se nos olviden los controles de Photoshop y Camera Raw como para, encima, mantener fresca la compenetración con filtros que tienen sus propios parámetros y mecánica de funcionamiento. Quizá he sido demasiado entusiasta hablando de los filtros y pensando solo en mi forma de trabajar, así que me gustaría en esta última reflexión, poner en valor una vez más las herramientas básicas de Photoshop. No os dejéis tentar fácilmente por los cantos de sirena de los plugins: tienen que ganarse a pulso su puesto en el menú de filtros, y en caso de no verlo claro, o si solo os van a liar más, pienso que es mejor no tenerlos, o como mínimo ser todavía más restrictivo a la hora de incorporar uno a nuestra forma de trabajar.

No permitáis que cualquier chorrada se cuele en vuestra lista de filtros: ¡es un menú casi sagrado que no debe ser profanado por filtrillos de medio pelo!

En fin, espero que pese a lo soporífero de la disertación, a alguien le pueda servir para extraer alguna idea útil, o para reflexionar sobre el uso que hace de los plugins. Como ya he repetido a lo largo del texto, todo es bastante relativo y precisamente en la medida en que otorguemos un carácter creativo o artístico a la fotografía, cualquier recomendación no será más que eso, una mera pauta u orientación. Es al final cada cual quien decide qué le funciona y qué no, y hasta lo que a mí me sirve hoy, irá variando con el paso del tiempo.

Como siempre, gracias mil por pasar por aquí y por leer esto, sobre todo si habéis resistido el tostón íntegro. ¡Hasta la próxima!

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