Amanece un nuevo día (bueno, ya hace rato que amaneció, pero así suena todo más interesante) y con él, llega una reflexión que no es nueva: en casa de herrero, cuchara de palo (o cuchillo de palo, pero me gusta más la otra variante).
Me explico: a veces me piden una foto mía, o sea, de mi persona, para alguna publicación o colaboración donde va a salir mi nombre. Y en esos casos, las paso canutas para encontrar una foto mía decente, lo cual es paradójico teniendo en cuenta la de fotos que hago (aunque el último año muchas menos, pero eso es tema para otro día).
En el fondo, supongo que es normal, porque, precisamente porque hago muchas fotos, me encuentro en el lado de la cámara donde nunca voy a salir en la imagen salvo que me lo proponga expresamente. Cosa que, normalmente, no ocurre, ya que suelo buscar cosas más interesantes que fotografiar. Siempre tengo, en algún rincón de mi mente, la tarea pendiente de hacerme fotos donde aparezca con una apariencia mínimamente humana para que, cuando me pidan la típica foto mía, tenga algo que enviarles de inmediato. Pero me da tanta pereza, que esa tarea nunca es abordada: ¿cortarme el pelo, afeitarme, sacar el trípode, los flashes, el pie de los flashes, los disparadores, la cámara, buscar un fondo despejado…? Vaya rollo, cuando podría estar jugando al Candy Crush o viendo chorradas en YouTube.
Es así como siempre acabo rebuscando en mi archivo fotográfico, con la esperanza de encontrar alguna foto que retocar, recacauchutar y dejar medio apañada para cumplir este cometido. Abro Lightroom Classic, voy a «Todas las fotos» y filtro por palabra clave «Carlos«. Pero nada: imposible encontrar algo digno, y lo poco que se le acerca, me suscita todo tipo de dudas: aquí estaba más gordo, aquí estaba más flaco, aquí estaba sin afeitar, aquí nosequé y aquí nosecuántos. ¿Por qué no me habré hecho una foto en condiciones para estos casos? Ah sí, por el Candy Crush. Tiene sentido.
Ojo, que todo esto no es una mera elucubración: como digo, me ha pasado numerosas veces, y ahora mismo me encuentro de nuevo en esta tesitura, ya que por una colaboración, me han pedido la fotito de marras, y he pasado por el proceso descrito. En esta ocasión, tras rebuscar en Lightroom, he topado con una foto aceptable que me hice de forma casual para ponérsela en el móvil a otra persona y que me reconociese rápido si le llamaba (aquel señor mayor del que hablé en algún directo). Pero claro, esta foto, como tantas otras, me la hice con el móvil. Y si bien de entrada no notas nada raro, el caso es que todas estas fotos tipo selfie están hechas con una focal bastante angular. De modo que, aunque al principio uno queda satisfecho, cuando las comparas con un retrato en condiciones hecho de 50 mm para arriba, la cosa cambia. Te das cuenta del efecto del angular, de ese leve fenómeno de expansión de frente y mandíbula, de cabezón, de distorsión del espacio tiempo. Y de napia sobredimensionada. Todo muy leve, pero perceptible, sobre todo si, como digo, comparas con el espejo o con una focal de retrato clásico.
Lo malo es que no suelo darme de cuenta de esto (por más que me haya pasado cincuenta veces) hasta que he terminado una sesión maratoniana de retoque. Primero de todo, para cambiar el fondo, que suele ser cualquier cosa menos glamuroso. Claro, no voy a mandar una foto con la cocina por detrás o cutradas por el estilo: tengo una reputación que mantener. Otro tanto ocurre con cortes de afeitado, pelos de las cejas fuera de sitio, inoportunos herpes en los labios, fenómenos capilares extraños que, confabulados con el tema del angular, apepinan mi cráneo hasta hacerme parecer una bellota con cara… y qué decir del surco nasogeniano, tan profundo que parece el Gran Cañón del Colorado. Todo por efecto de la iluminación, claro. Yo no tengo esa cara.
Pero cuidado, que conforme pasa el rato, la cosa va a peor. Reparo en el extraño tono cetrino de mi piel. ¿Eso es la foto, o realmente soy así? Porque si soy así, igual debería ir al médico. ¿Y qué le pasa a ese jersey que yo creía nuevo? En la foto parece heredado de 5 generaciones anteriores, 3 de las cuales pasaron una guerra. ¿Cómo ha hecho tanta bola en tan poco tiempo? ¿Realmente llama la atención o es que ahora que lo he visto, ya no puedo dejar de fijarme?
Os ahorro el resto de la agonía visual: el asunto es que termino de corregir todo eso lo mejor que puedo, porque es evidente que la magnitud del desastre es tal, que solo puede atenuarse. Y es entonces, normalmente, cuando me doy cuenta de lo que decía antes: tan obcecado como estaba con los detalles, olvidé -una vez más- que las fotos del móvil con angular te caricaturizan. No debí escoger esta foto, pero claro, me doy cuenta ahora, cuando ya he perdido dos horas intentando adecentarla. Y no solo eso: ahora veo que esta foto está hecha desde un ángulo ligeramente superior, haciendome aparecer liliputiense y empequeñecido.
¿Qué hago? El filtro Licuar y otros conjuros photoshoperos empiezan a tentarme: ¿tendría la habilidad suficiente para recomponer las proporciones de mi rostro estirando de aquí y remetiendo de allá? ¿O corro el riesgo de pasarme y terminar con una foto donde, en vez de Frankenstein como parezco ahora, termine asemejándome a un goblin? Por cierto, ese tono de piel que he retocado, ¿no es peor que el original? ¿La oreja no está quemada? ¿El recorte del pelo no ha quedado antinatural? ¿El fondo postizo que he puesto no parece un CGI cutre de las peores épocas de The Walking Dead?
Con esto entramos en el tramo final de esta catástrofe: por un lado, la gente va a descubrir que soy un monstruo de cabeza apepinada, piel propia de un cadáver, cejas de búho y ropas andrajosas. Pero lo peor no es eso; lo grave es que detectarán que el retoque de la foto es propio de alguien que no tiene ni idea de lo que hace. Llegarán a la inevitable conclusión de que soy un fraude, un engaño, y que si bien la gente de buen corazón podría llegar a perdonar mi apariencia de adefesio, nadría estará dispuesto a tolerar que siga ejerciendo de experto cuando es evidente que no sé ni hacer la O con un canuto, mucho menos con Photoshop.
El rumor correrá como la pólvora, la gente se desuscribirá del blog y de YouTube rápidamente. Incluso quienes consideraba amigos, me traicionarán. Ya imagino a Pedro Tripiyon haciendo un vídeo sobre mí y diciendo: «La verdad, siempre lo sospeché. Carlos no nombraba las capas, y alguna vez le vi trabajar con documentos sin perfil de color. Era evidente que no sabía de lo que hablaba, solo era cuestión de tiempo que la triste verdad saliera a la luz«. O Rodrigo del podcast de Photolari: «Bueno, alguna vez le dejamos participar por compasión. Nos daba pena, el pobre diablo.». Etcétera.
Y qué decir de Mangalick: tras su defenestración en Adobe, de la que sin duda me culpará a mí, verá ahora la oportunidad perfecta de consumar su venganza. Tirando de contactos adobitas, seguro que puede desinstalarme Photoshop y Lightroom a distancia, y cancelar mi suscripción a Creative Cloud, convirtiéndome en un paria del mundo digital, sin más herramientas para retocar que el Paint de Windows y los cochambrosos filtros de Instagram.
Aún sabiendo que todo eso es lo que se cierne sobre mí, le mandaré la foto a quien me la ha pedido, sabiendo que con ese clic en el botón «Enviar«, estaré firmando mi sentencia de muerte como influencer de medio pelo. ¿Para qué retrasar lo inevitable? Soy un impostor. Debo rendirme a la realidad, y aceptarla con la poca dignidad que me queda.
Y al final, todo terminará como siempre: la foto se publicará en alguna parte en tamaño sello, y nadie le prestará la más mínima atención. Vamos, que no pasará nada. Respiraré aliviado y seguiré adelante, pero eso sí, plenamente consciente de que, si bien habré evitado la hecatombe por puro azar, eso no cambia que soy una farsa. Solo necesito seguir engañando a la gente un día más.
Y mañana, ya veremos.

