Vuelve el gran Circo del Cambio de Hora: revisen sus relojes, sus cámaras y su sentido común si aún les queda
Tal como ocurre cada pocos meses, para delicia de grandes y pequeños, vuelve el divertidísimo Circo del Cambio de Hora. En él, domadores de oriente se enfrentarán a bestias tan temibles como el reloj del microondas o el típico despertador de dígitos luminosos, ese odioso depredador que se alimenta de nuestras horas de sueño y que acecha en toda mesita de noche, su hábitat natural.

La emoción no hará sino aumentar con malabaristas capaces de ajustar las manecillas de varios relojes de cocina simultáneamente. Del mismo modo, equilibristas venidos de Siam harán circular por la cuerda floja relojes de carillón, de cuco e incluso solares. Para relajarnos un poco después de tanta excitación, tras este espectáculo disfrutaremos de unos momentos mucho más relajados con un clásico número cómico en el que unos payasos intentarán cambiar la hora de un reloj de arena. Cuando lo consigan, descubrirán que lo hicieron al revés: adelantaron cuando debían atrasar, una confusión con la que más de uno se sentirá identificado.

Rematará esta divertidísima jornada circense una doble sesión de magia: primero, el misterioso Mago Chronos nos sorprenderá cambiando la hora de relojes de pulsera del público sin siquiera tocarlos. Justo a continuación, y fruto del empeño del circo en modernizarse y adaptarse a los nuevos tiempos, ilustres ladrones venidos de las ciudades más turísticas de Europa despojarán a la gente de sus relojes con solo pasearse discretamente entre el público, ahorrándoles así la necesidad de cambiarlos de hora.

Ya de vuelta en nuestra casa después de este viaje imaginario, nos quedará la tarea más importante de todas: cambiar metódicamente la hora de nuestras cámaras, si no es que se ha cambiado sola. Porque, a diferencia de otros shows, el Circo del Cambio de Hora sí nos recomienda hacer en nuestras casas lo mismo que acabamos de ver, sin especialistas, circuitos cerrados ni redes de seguridad.

Bromas aparte, esto garantizará que cuando hagamos fotos, la salud de nuestros datos EXIF esté fuera de toda duda y evitemos grotescos desfases horarios entre fotos de distintas cámaras. También cabe decir que, pese a lo latoso del asunto, al menos nos servirá para verificar, de paso, que los minutos están bien. Incluso el año y el mes, y no es broma: ya he explicado otras veces que, por lo visto, una vez cambié el año sin querer durante mi visita al Circo del Cambio de Hora, y no me di cuenta hasta meses después. El estropicio fue importante (tuve que localizar y corregir la fecha de todos los archivos afectados), pero me enseñó una valiosa lección: el que no honra debidamente esta noble tradición, ejecutándola con plena atención, lo acabará pagando.

Completada, ahora sí, esta laboriosa tarea, nos sentiremos profundamente satisfechos, tanto por el trabajo bien hecho como por la infinidad de ventajas que conseguiremos llevando la hora para arriba y para abajo en este frenesí de pulsación de botones, rotación de diales y manipulación de engranajes físicos o digitales. O quizá no, porque en los últimos años, los expertos han decidido que ahora ya no compensa. Vaya por Dios. Tras varias décadas, y fruto del ingente conocimiento tecnológico y cosmológico acumulado, se ha descubierto un hecho que pocos podrían haber intuido: resulta que en esta parte del año, la ventana de luz no se traslada, sino que se estrecha, y eso no lo compensa ningún cambio de hora. Como mucho, podemos decidir —eso sí— cómo gestionamos esa franja solar, asignando más luz a las horas de trabajo y estudio, típicamente tempranas, o a las familiares y de ocio, más vespertinas. Pero vamos, que palmar luz, vas a palmarla igual, por un lado o por el otro. Entonces, ¿emosido engañado? Por ahora no hay confirmación oficial, y tratándose de un asunto como este, toda precaución es poca. Pero todo apunta a que sí.

Será, quizá, que ya no son los mismos expertos que antes nos contaban, siempre con esa suficiencia petulante, más cercana a la propaganda del régimen de turno que a un mínimo rigor científico, que el público general (lego en esta cuestión del cambio horario), era incapaz de abarcar la envergadura de esta colosal ganancia. Simplemente, debíamos someternos a este mareo cronológico como el que acepta los inescrutables designios de un Dios.
Pero estos cambios de criterio no deberían sorprendernos: en realidad, no es nada raro que los «expertos de la tele» digan una cosa y luego la contraria. De hecho, yo levanto las orejas y me pongo en guardia tan pronto como me presentan a alguien con este título en los medios — normalmente, no son expertos en nada, y si lo son, ya se aseguran de que no se les note, so pena de no percibir el correspondiente aguinaldo por sus servicios. En el contexto periodístico, comparten ADN con el típico tertuliano todoterreno, y te sirven lo mismo para un roto que para un descosido. ¿Son, entonces, meras herramientas para crear estados de opinión? Qué sabré yo, pobre de mí, ¡si hasta me tienen que decir qué hora es!

Pero la cosa no se queda ahí. Ya hace tiempo que librepensadores, disidentes y otros elementos subversivos de la sociedad sugieren que este entrañable circo repleto de actividades amenas en realidad no es más que otra miserable artimaña del capitalismo voraz para robar luz de la vida personal y transferirla con nocturnidad (nunca mejor dicho) y alevosía al horario laboral, aumentando así la productividad de la plebe. ¡Qué mal pensados! Las élites nunca harían eso. ¿O sí? Tampoco lo sé, pero estos revolucionarios (o el propio poder — cuesta diferenciarlos a veces) ya van un paso más allá y comienzan a sugerir que, además, se acabe incluso con lo de la «hora menos en Canarias«, y que el archipiélago pase a integrarse en el huso horario peninsular. O, por qué no, en un huso horario mundial único y monolítico: ¡vivamos todos en la misma hora, para siempre! La historia es cíclica y oscilante, así que no sería de extrañar que tras la locura de la hora móvil bianual, cambiante, casi caprichosa, ahora nos viniera un pendulazo que nos llevase al extremo contrario.

Fruto de esta creciente atmósfera de efervescencia horaria, los políticos, la fauna burocrática y en general todo ese estamento de paniaguados profesionales que nos succionan algo más que el disfrute del sol, insinúan desde hace tiempo que esto del cambio de hora se va a terminar.
Ante este cambio de postura, los informativos mandan a sus reporteros a la calle para captar la opinión popular: ¿Será bueno? ¿Será malo? ¿Prefiere la gente el horario de verano? ¿El de invierno? ¿El del planeta Marte en temporada baja? Los ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes lo tienen claro: «Esto tiene que acabar«, proclama alterado un señor mayor que dice haber pasado demasiadas penurias para que ahora esto le amargue la jubilación. «¡67 años cotizados!«, añade como dato clave. «Mis gatitos sufren«, expresa con preocupación una joven con tatuajes indescifrables, quizá satánicos. «El organismo tarda meses en adaptarse, sobre todo si eres vegano«, confiesa otra persona. El reportero contrapregunta: «¿Tú eres vegana?«. La mujer duda, luego responde: «No, pero tengo amigos que lo son«. Es obvio que la entrevistada oculta algo, pero nunca sabremos el qué.
Sea como sea, el reportaje no deja lugar a dudas: el aire destila el inconfundible y arrollador aroma del cambio, de la renovación, de una nueva era donde se imponga, de una vez, el sentido común. Dejaremos atrás, por fin, estas costumbres bárbaras y nuestra existencia pasará a regirse por el conocimiento científico, el bienestar social y la paz de los pueblos, incluso cuando estemos despiertos. Seremos «dueños de nuestro propio tiempo«, como pone en los emails de una empresa de paquetería que luego me entrega las cosas tarde. O eso creo — quizá soy yo que estoy en el tiempo equivocado.

Sin embargo, es todo una ilusión. Mañana ya nadie hablará de esto, y pasarán a ocuparnos temas igual de vitales o más aún si cabe. Y si no los hay, tranquilos que ya los inventarán los informativos: una epidemia que vuelve, una guerra que ya existía. Alguna injusticia, un vídeo viral; un político corrupto, algún logro espacial. Lo que sea con tal de no ocuparnos de las cosas importantes, si es que a estas alturas alguien puede saber qué lo es realmente. Al menos hasta el próximo cambio de hora, cuando este gran circo regrese con números todavía más arriesgados, exóticos y atrevidos. Buf, no veo la hora. Literalmente.

Tan solo por leerte, casi prefiero que sigan cambiando la hora y esperar tu publicación. Saludos
Caray, ¡qué veloz! Muchas gracias, JeMari. 🙏 Un saludo.
Que buen artículo te has marcado Carlos! Realmente me he reído un montón, aunque la ironía que transpira el artículo deja un poso amargo al final: hemos sido engañados, y siguen haciéndolo. No sólo con el cambio de hora, me temo.
Gracias Vicenç. Y sí, mi intención o al menos mi sentir es el que describes: tomarlo un poco a broma pero en el fondo, sentir que no queda otra que resignarse a las ocurrencias que surgen en cada momento, a veces con razón, claro, pero muchas veces fruto de la improvisación o de otro tipo de conveniencia.
Aparte, que el tema del cambio de hora me tiene frito – por supuesto, ojalá ese fuera el mayor problema que tenemos, pero eso no quita para que sea un poquito irritante y más cuando antes decían una cosa y ahora otra, y sin embargo, siguen sin decirse a «cambiar el cambio de hora». Un saludo.
Genial , Carlos.
Gracias Nacho! Un saludo.
Me sumo al primer comentario. Un placer leer cosas así.
Yo, por mi parte, solo pido que a las doce sea realmente mediodía (el sol en todo lo alto, como debe ser).
Pero si mover una hora monta la que monta, ya mover dos horas el reloj nos dejaría fritos, según algunos.
En fin, paciencia.
Gracias, Pablo. Yo, sea el horario que sea, con que lo dejasen quieto me conformo. Será la edad pero la mezcla del mareo que supone hora para delante, hora para detrás, y las dudosas ventajas, son lo que me fastidia. Saludos.
Ja, ja, ja… Impagable artículo. Lo suscribo totalmente.
Un abrazo con nuevo horario.
Gracias Santiago. Abrazos UTC+1 (una hora menos en Canarias).