Color, intención y memoria

Buenos días mercúricos, nunca mejor dicho ahora que el mercurio de los termómetros amenaza explosión. Antes de nada, dar la bienvenida a la socia photoshopera ⭐don jumita⭐ ¡muchas gracias por unirte! Podéis encontrar información sobre miembros del canal aquí.

Pero no estoy aquí solo para hablar de las temperaturas. Veréis, una de mis muchas fantasías no realizadas (en cuanto al blog y el canal) es publicar una especie de «revista de prensa» semanal donde repase qué han publicado otros canales o webs de referencia en estos temas. Y, ya de paso, intentar hacer alguna aportación o desarrollo sobre esos contenidos, para que la cosa no se quede en una mera mención. Si además tuviera panel de expertos y analistas, hasta podríamos hacer tertulia-debate.

Aunque no me da la vida para tanto, sí que a veces he comentado alguna cosa aislada, como pretendo hacer hoy con el último vídeo de Sean Tucker. Si no conocéis su canal, os diré que aunque tiene que ver con fotografía, no suele estar tan centrado en la técnica o el retoque (aunque a veces hable del tema) sino en aspectos más reflexivos, psicológicos o filosóficos de estas disciplinas.

Su vídeo más reciente a fecha de hoy, que podéis encontrar aquí, se titula «El cambio de color que transformó mi fotografía» (es la traducción de YouTube – el original está en inglés, pero podéis seleccionar la pista traducida automáticamente a español). En él habla de su evolución a la hora de procesar el color en sus imágenes, explicando cómo al principio sobreeditaba, luego sufrió una especie de crisis de confianza que le llevó a tocar lo mínimo, y ahora practica un estilo más «intencional» (así lo denomina él) donde, más que buscar la fidelidad a la escena, trata de representar una «verdad emocional», por así decirlo.

Creo que en algunos aspectos muchos nos sentiremos bastante identificados, particularmente con esa primera fase de retoques más fuertecitos, cuando no pasados de vueltas, que coincidió con la etapa que yo suelo llamar «las turbulencias» (la transición y adaptación al formato digital). También coincido en que esa fase cumplió un papel experimental; cuando aterrizas en un nuevo terreno, necesitas probar los límites, o al menos acercarte a los extremos, para evaluar mejor dónde situarte.

Sean explica que posteriormente fue «aflojando», algo que, de nuevo, creo que fue una tendencia bastante general tras esos excesos iniciales. Pero yo al menos ya no me veo tan reflejado en los motivos por los que, según él, pasó a procesar de forma muy neutra sus fotos: principalmente, el temor a ser juzgado por otros fotógrafos. Cabe preguntarse por qué no sentía ese miedo antes, justo cuando procesaba más intensamente y habría tenido mayor motivo para preocuparse. Quizá el miedo le apareció de forma sobrevenida al tomar conciencia de su estilo hasta aquel momento, o puede que, conforme fue ganando relevancia online, se sintiera más observado y, en la medida en que estaba construyendo un negocio sobre su actividad, sintiera que era más importante controlar los riesgos. También menciona sufrir una leve deficiencia en la percepción del color que acrecenta esa inseguridad — un tema del que, precisamente, hablé en un minipost reciente.

A partir de esa especie de «retirada estratégica», Sean explica que fue reconquistando posiciones, pero esta vez de una forma más meditada y sobre todo, intencional. Y aquí es donde surge el que me parece el punto más interesante de su exposición, y posiblemente el más sujeto a debate, que es la idea de procesar la foto para transmitir lo que sentías.

No es un concepto nuevo: desde que la fotografía digital puso a nuestro alcance tantas herramientas de edición, nos hemos estado haciendo preguntas, tratando de encontrar la mejor forma de sacarle partido a estas posibilidades. Incluso preguntándonos si había que hacer uso de ellas, o en qué medida. A veces, sintiendo que necesitábamos una especie de salvoconducto para justificar ciertas intervenciones en la imagen, especialmente cuando la alejan de ser absolutamente fiel a la realidad (recordando, como siempre, que lo de la realidad es un concepto con muchas ambigüedades).

Y en este contexto, uno de los argumentos más recurrentes es la idea de que el procesado sirva para imprimir esa capa «emocional» o «perceptual» a la imagen. Tiene sentido: es muy normal que la escena te transmita algo cuando la tienes delante, en persona, y que luego, ya en la pantalla, la foto parezca aséptica, incluso desconectada de esa experiencia que tuviste. Desde ese punto de vista, intensificar colores o contrastes, o eliminar distracciones que en aquel momento ni siquiera notabas, puede insuflar esa «vida» que a veces parecen haber perdido los píxeles en su viaje desde tu mirada hasta el monitor, pasando por la tarjeta de memoria.

Yo mismo he argumentado lo anterior en más de una ocasión, e incluso a fecha de hoy, sigo sosteniendo que tiene mucha lógica. Pero quiero añadir algo que, con los años, me ha hecho dar un paso atrás a la hora de aplicar esta idea: creo que retocar con la idea de transmitir algo que supuestamente sentiste te sitúa en una especie de pendiente resbaladiza. Es muy fácil, sin darse cuenta, acabar llevando demasiado lejos esa especie de rescate sensorial, e incluso acabar redefiniendo lo que sentías, sin quererlo, del mismo modo que reescribimos los recuerdos cada vez que los rememoramos. Si el registro mental de la realidad puramente física (lugares, colores, tamaños) ya tiende a ser engañoso, ¿qué no nos pasará con una dimensión mucho más intangible como la de las percepciones y sentimientos?

Dicho de otro modo, procesar para mostrar tu «verdad emocional» es una pauta muy coherente, pero también comporta el riesgo de que lo que debería ser solo una licencia artística, termine convirtiéndose en un comodín. Una especie de coartada de conveniencia en cuyo nombre termines haciendo cosas que, realmente, no tienen mucha relación con lo que sentías en aquel momento. Todo esto sin siquiera darnos cuenta de ello, y ahí es donde radica el mayor peligro: no hablo de hacer todo esto a sabiendas de que es una treta, sino de procesar la foto de un modo u otro creyendo de forma genuina -o quizá ingenua- que estamos honrando algo cuya existencia no podemos demostrar más allá de esos traicioneros «metarrecuerdos» (recuerdos sobre el recuerdo).

Repito una vez más que no estoy tratando de desvirtuar esa idea de la edición intencional, como lo llama él, basada en una percepción o recuerdo personal. Si partimos de una foto en raw, lo normal es que luzca un poco sosa y que necesite alguna edición para que se acerque a una percepción más humana, más viva. Menos aplanada por esa especie de barniz de opacidad, de distancia, que impone la pantalla. De hecho, he pasado por alto mencionar algo que comenta Sean y que me parece interesante: tras su fase «neutra», reconectó con la conveniencia de editar las fotografías a raíz de empezar a aplicar un preset que trataba de emular la película Kodachrome.

En ese contexto personal de desconfianza e inseguridad, creo que emplear una receta «externa» y encontrar que conectaba con ella actuó como confirmación de que, de algún modo, la imagen procesada tenía un sabor más verdadero que el de la versión más segura documentalmente, pero más plana emocionalmente. Un matiz que de nuevo confirma, aunque sea de forma instintiva, que una foto con ajustes se puede sentir más auténtica que la versión salida de la cámara. De hecho, creo que esto explica también el éxito en los últimos años de los estilos aplicados en la cámara, como las simulaciones de película de Fuji y otras cámaras: le dan a la imagen un acabado más emocional, con más intención. Y, aunque sean intenciones predefinidas, ya permiten «despegarnos» del adormecimiento de una imagen demasiado apagada.

En el caso de Sean, de todos modos, el preset actuó como una especie de chispazo para volver a arrancar su batería, no para quedarse instalado en un look concreto, fuera el de Kodachrome u otro. De hecho, según comenta Sean, le dedica muy poco tiempo a editar las fotos y, además, suele hacerlo con su móvil. Más de una vez ha explicado que cuando da algún paseo fotográfico, luego recala en alguna cafetería donde se sienta a editar las imágenes que más le gustan utilizando la aplicación de Lightroom para móvil. Otra costumbre con la que no me identifico, ya que no me gusta editar con la pantalla del móvil. Aunque supongo que todo será acostumbrarse.

Lo mejor de su vídeo, en todo caso, es que como siempre, ha sabido plasmar una serie de ideas con las que creo que la mayoría conectaremos en un sentido u otro, y dejar el tema abierto para que nos hagamos más preguntas y busquemos nuestro propio planteamiento en estos aspectos. Y también deja claro de forma implícita algo muy importante: argumentos al margen, lo importante es esa intención, saber qué quieres hacer, tener un por qué. Incluso aunque sea cuestionable, porque siempre es mejor tener esa intención y poder revisarla, que ir a merced de la ocurrencia del día, porque como reza el dicho, ningún viento es favorable para quien no sabe a dónde va.

Como siempre, podéis comentar qué pensáis al respecto si queréis. En todo caso, que tengáis un excelente inicio de julio.

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