La nueva normalidad
Buenos días de lunes. Durante la pandemia pasó de todo, pero después de ella, también. Fue así como asistimos al nacimiento de la expresión «la nueva normalidad«. Es el tipo de frase que encanta a los medios de comunicación: es clara, pero críptica. Parece tener sentido, pero encierra una paradoja. Tiene la grafía, la sonoridad y la tensión semántica necesarias para lucir genial tanto en titulares como en locuciones. Y, curiosamente, conecta con lo que quiero comentar hoy, aunque en un ámbito algo distinto al de su cuño original.
Nuevas herramientas, viejas definiciones
Estaba pensando en cómo definir su significado, así que he recurrido a Google y, cómo no, ya ha saltado la IA dando respuestas. Lo cual me viene bien porque, como enseguida veréis, por «ahí» (AI) va la cosa. Bueno, lo que decía – la nueva normalidad según la IA:
Creo que esta expresión tan rimbombante ha ido perdiendo vigencia, tanto en su uso como en su utilidad, conforme nos alejamos de 2020. Pero en paralelo, nos vamos introduciendo en otra «nueva normalidad» de la que no se habla tanto: la naturalización de las herramientas de IA y, sobre todo, la aceptación de su propia existencia como algo casi normal, cuando de normal no tiene nada.
Cómo lo extraordinario se está volviendo normal
Ayer mismo lo pensaba cuando estaba editando un vídeo que publicaré hoy sobre cómo conservar una estructura de carpetas al exportar archivos desde Lightroom Classic. Quería poner al principio algún tipo de diagrama o imagen ilustrativa de lo que iba a explicar, pero entonces pensé, ¿y por qué no un vídeo breve, ya que puedo generarlo? Atención a lo que obtuve en apenas unos minutos (la mayoría de los cuales fueron para visualizar lo que quería, pensar qué detalles era importante comunicar para que la IA no patinase y, finalmente, elaborar un prompt en condiciones):
Obviamente hay textos que están mal escritos, pero que algo así pueda «generarse» es una locura. Que conozca, sin haberle dado capturas, el aspecto de la interfaz de Lightroom, del explorador de Windows, de tantas cosas que aparecen en el vídeo. Los movimientos fluidos, incluso los sonidos que ha añadido. La coherencia entre distintas partes del vídeo donde se repiten elementos. Se está volviendo común y, a la vez, fuera de lo común.
2022 y el acelerón de la IA
Aún recuerdo cuando probé ChatGPT por primera vez y, literalmente, sentí vértigo. No daba crédito. En aquel entonces, empecé usándolo en inglés porque no me fiaba de que en español me entendiese bien, e incluso así, le hablaba en plan Tarzán, con frases rígidas y breves, tratando de no dejar espacio a la ambigüedad. En general, trataba a la IA como si tuviera la capacidad intelectual de un microondas con un par de transistores extra.
Pero en cuanto vi esas primeras respuestas, me di cuenta de que esto iba mucho más allá de todo lo que conocía. Más allá de lo que habría previsto para la década siguiente o incluso para toda mi existencia. Hasta diría que superaba algo que yo no tenía tan claro que algún día se produjese: la creación de una tecnología capaz de imitar, y en algunos casos superar, lo que se suele entender por inteligencia humana, si bien estos temas suscitan debate: ¿es inteligente la IA? ¿su creatividad es genuina? ¿puede ser consciente? ¿acabará con la humanidad?

A partir de ahí, qué os voy a contar: más modelos de lenguaje, de generación de imagen, de vídeo, de música… Más resolución, mejores controles, mejor interpretación de las indicaciones, conexión con aplicaciones, implementación de todo esto en Photoshop y otros programas, y muchas cosas más que están por llegar.
¿La nueva-nueva normalidad?
Y esto nos lleva a lo que quería plantear: ya estamos «normalizando» todo esto. Es verdad que, durante mucho tiempo y aún hoy en día, son muchos los que no dan crédito a lo que estamos viviendo. De hecho, quizá los más sorprendidos son, precisamente, quienes tienen o tenemos alguna vinculación con el mundo de la tecnología. Porque cuanto más familiarizado estás con todo esto, más te has hecho una especie de «predicción» de lo que puede pasar… y más descolocado te quedas al ver que nos hemos salido del mapa.
Poco a poco, estas herramientas se van abriendo paso en nuestro día a día, y uno ya empieza a «pensar» en términos de IA, es decir, a recurrir de forma instintiva a Gemini y compañía. Es similar a lo que ocurrió cuando, con el desarrollo de Internet, hubo que incorporar esta idea de que cualquier duda podía lanzarse a los mares internáuticos como el que echa una red, y recogerla cargada de respuestas. La cosa también tuvo su evolución, pero viene a ser lo que hoy en día conocemos como «googlear» y está plenamente normalizado. Pero que en milisegundos podamos buscar algo en una cantidad de información tan ingente que supera lo imaginable, y hacerlo desde un dispositivo que cabe en el bolsillo y no está conectado físicamente a nada, ya habría parecido magia apenas unas décadas atrás.

Qué curioso que, como mencionaba justo antes, hoy en día hasta el ya venerable «googleo» esté siendo asistido (¿quizá secuestrado?) por resultados basados en la IA de Gemini, lo cual demuestra, en línea con lo que intento exponer, hasta qué punto los tentáculos de estas herramientas no paran de extenderse y permean poco a poco todos los ámbitos.
Algo más que otra tecnología
La revolución de la IA introduce no ya una vuelta de tuerca, sino una centrifugación con esteroides. Tampoco podemos quedarnos atascados y boquiabiertos sin dar crédito: la vida sigue, hay cosas que hacer y si una herramienta ayuda, se usa y ya está. Pero para muchos, entre los que me incluyo, esto me parece tan alucinante que me cuesta asumir esta «nueva normalidad». Siento una mezcla de fascinación e inseguridad ante lo que esté por venir. Se intuye que todo esto podría suponer no otro salto puramente socioeconómico como el de la revolución industrial (que no es poco), sino un auténtico punto de inflexión como especie.
Porque, en última instancia, creo que no deberíamos estarnos preguntando cómo es posible que esto exista, sino qué nos dice sobre nosotros mismos. Ya he tocado el tema de pasada en algún otro texto: que una herramienta de este tipo pueda ser, en apariencia al menos, inteligente y creativa, así como manifestar o simular otras cualidades humanas, inquieta. Algunos dirán que no es realmente inteligente ni creativa ni nada de eso. Y creo que tienen razón… pero también creo que eso significa que nosotros, los humanos, tampoco somos inteligentes ni creativos, al menos no de una forma fundamentalmente diferente. Quizá no tenemos un don especial, solo una capacidad de conectar patrones y crear capacidades emergentes a partir de la brutal complejidad de nuestras conexiones neuronales. Ver cómo funciona la IA me hace sospechar que todas mis ocurrencias y talentos personales no son más que la versión biológica de lo que hacen esos modelos. O quizá no, pero cada día que pasa me refuerza esta impresión.

Sea como sea, con el paso de los meses, el uso de estas herramientas va ganando peso en mi rutina diaria y, lejos de anularme o atontarme, me hace más productivo. Aquí ya entraríamos en el tema de la «delegación cognitiva», lo cual dejo para otro día.
En resumen, se está volviendo normal algo que, por definición, no puede ser normal. Y eso no es una nueva normalidad: lo que yo veo asomar por el horizonte es, más bien, el fin de la normalidad, porque no sé si estamos preparados para digerir lo que se viene. O tal vez todo esto sean películas futuristas que se quedarán en meras fantasías, claro: quizá esto se para aquí, ya no evoluciona mucho más y hasta nos hartamos de la IA. Y entonces, hablaremos de la vuelta a la «vieja normalidad». Yo no apostaría por ello, pero… quién sabe.
