Las cámaras que dejamos atrás

Buenas tardes de lunes: como siempre digo, no es que pretenda escribir aquí cada día, pero tenía un tema que me parecía interesante, y como me vino a la cabeza a raíz del vídeo que publiqué ayer, no quería aplazarlo. Hoy publico aún más tarde de lo habitual porque esta mañana he vuelto a tener historias médicas que me han consumido bastante tiempo. O quizá fui yo quien consumió el tiempo de otros: todo depende del punto de vista. Y precisamente el asunto de hoy también admite, al menos, dos maneras de verlo.

Ese vídeo que publiqué ayer es el de la Sony RX10 V, y en él hablaba de la posibilidad de reemplazar mi ya venerable bridge de 2014, la Panasonic FZ1000. Esto me llevó a la fantasía de comprar otra cámara, lo cual, a su vez, me hizo plantearme (de forma hipotética) un dilema al que hace mucho que no me enfrentaba: qué haría con la cámara reemplazada. Desde que vendí todo mi equipo full frame alrededor de 2017 o 2018, «solo» me he comprado tres cámaras, con lo que realmente no me he enfrentado a este dilema (estas compras reemplazaban la función de ese equipo que ya había vendido).

En general, siempre que he cambiado de cámara u óptica, he vendido la anterior, cosa que creo que hacemos muchos. Primero, por un tema económico: deshacerte del material previo suaviza el impacto económico de la nueva compra, y además, cuando funcionaba el foro de mercadillo de canonistas.com, la verdad es que la compraventa funcionaba bastante bien. Pero siempre hubo otro motivo, y es que no me gusta coleccionar cámaras. De hecho, no me gusta coleccionar nada… y eso que, de muy joven, coleccionaba cajas de cerillas. Hoy en día, si bien sigo acumulando objetos inútiles de todo tipo, trato de mantenerme vigilante ante esa tendencia a guardar cosas «por si acaso» o como recuerdo. Como mucho, cuando siento que algo ya me sobra, le hago una foto de recuerdo y luego la tiro. Guardar la foto no deja de ser guardar algo, pero ocupa infinitamente menos espacio.

El caso de las cámaras es, para mí, un poco más particular. Es verdad que son objetos muy estéticos, casi mágicos, y que suelen estar impregnados de las experiencias que vivimos sosteniéndolos en nuestras manos. A menudo veo vídeos donde el youtuber de turno exhibe de fondo, con orgullo, su colección de cámaras y objetivos, que a veces parece competir con las estanterías de las mejores tiendas de fotografía. Otras veces simplemente se trata de gente que se va comprando cámaras que terminan guardadas en un armario, más discretamente. Coleccionistas involuntarios.

Sin embargo, a mí me incomoda la idea de tener demasiadas cámaras. Primero, porque creo que hay que conocer perfectamente la cámara que usas; idealmente, debería ser una extensión de ti. Por tanto, cuantas más cámaras tengas, más difícil será manejarlas con soltura. Y segundo, porque esto de tener una cámara abandonada en un cajón durante meses, sin hacer fotos, me da una tristeza similar a la de tener un pájaro en una jaula. No voy a compararlo literalmente, por supuesto: un pájaro es un ser vivo y una cámara es un objeto. Pero es un objeto con el potencial de hacer una de las cosas más milagrosas que ha conseguido el ser humano: parar el tiempo y, con ello, atrapar una fracción de este, de lo vivido. Llamadme ingenuo, pero me parece algo absolutamente increíble. De hecho, hace años escribí sobre esto en un texto titulado “Luz sin gravedad”, que quizá recupere para otro minipost.

Pero que tampoco se entienda lo anterior como algún tipo de crítica hacia los coleccionistas: al contrario, justo por todo lo que he dicho, entiendo perfectamente a quien siente confort rodeándose de cámaras. Hasta me alegro de que existan los coleccionistas, porque, en el fondo, acumular esos artefactos y lucirlos con orgullo no deja de ser otra cara de la misma moneda, otra forma de celebrar lo que representan las cámaras. Acumularlas, conservarlas y exhibirlas supone rendirles homenaje, darles ese protagonismo que rara vez tienen, dado que hacen la foto pero no salen en la foto. Eso por no mencionar que, en muchos casos, los coleccionistas atesoran cámaras que, en realidad, ya no funcionan y solo se conservan por ese valor histórico, estético o sentimental.

Aun así, como ya he dicho, eso de llenar las estanterías con estos objetos no es para mí. Sí que a veces desearía no haberme deshecho de algunas cámaras que ahora querría volver a tener entre mis manos. Pero supongo que, pasados unos minutos, las volvería a dejar en el cajón o la estantería. Lo máximo que a veces he considerado es comprarme alguna cámara antigua de atrezo, decorativa, para poner en algún mueble o estante. Ahora bien, vivo en una casa que parece el mundo de la película «Interstellar»: hay un polvo infinito y de origen desconocido que aparece por todas partes. Me paso la vida desempolvando, aspirando y limpiando, así que cuantos menos trastos, mejor.

¿Y vosotros? ¿Vais acumulando las cámaras que reemplazáis, por nostalgia? ¿Las vendéis? ¿Las regaláis? ¿Seguís, quizá, con la cámara de carrete de vuestra primera comunión y nunca os habéis enfrentado a este dilema? Os leeré con atención si queréis contarme aquí o en la publicación correspondiente en YouTube. Que tengáis un feliz lunes.

2 comentarios

  1. Hola Carlos,

    Yo las guardo en la estantería más que nada porque ya no funcionan (las digitales) y venderlas «solo para piezas» me aporta un ingreso ridículo. Esto me da pie para darte la chapa de mi historial de cámaras.

    Te hago la lista: Minolta SRT 101 (1969) de mi padre con la que me hizo todas las fotos de cuendo fui bebe, niño y adolescente. Una Kodak Retina IIc (1953) de mi padre con las que hizo las fotos de su noviazgo con mi madre y demás familiares. Mi primera cámara, una Kodak Instamatic 25 de mi comunión, esas de carrete 110 con fotos cuadradas. Tras regalarme la Minolta SRT 101 a mediados de los 80s para convertirme en el fotografo oficial de la familia, mis padres ya no tuvieron más cámaras. De cosecha propia y en pleno boom del autofoco caí enamorado de la Nikon FM2, me costó un pastón, fueron mil ahorros de pagas adems de ser regalo de cumple y de reyes de aquel año de las olimpiadas en Barcelona), de enfoque manual y que la veia junto a la F3 a un montón de fotoperiodistas, la escuela aprendida con la Minolta SRT 101 no caia en saco roto y tuvo «sucesora» hasta hoy en día que un par de carretes en blanco y negro caen al año para revelarlos en casa con el Rodinal y ya luego escaneo los negativos. Que grano, pardiez, que grano más bonito, uso Ilford HP5 de 400ISO con revelado forzado de 1600ISO. Todas las analógicas funcionan a las mil maravillas, seguro que los obturadores tendrán algun grado de desajuste en el tiempo de exposición pero no es substancial. Ah y tambien una compacta Olympus mju II para cundo no iba «en plan fotografo», ya sabes, correrias con la cuadrilla, fotos a las novias, en la playa, etc, etc.

    Ya en digital me bauticé con una Canon Powershoot A300 de 3,2MP en 2003 (ya no funciona), Canon IXUS 60 de 6MP del 2006 (ya no funciona), Canon PowerShot S90 de 10MP del 2009 (siiiii funciona, mi hijo la usa muchisimo con eso del auge de las compactas entre la chavalada), también tuve una época la Sigma DP1 con el sensor Foveon 5MP por cada capa de color sumando así esos falsos 15MP con unos colores inigualables aún a día de hoy pero que su lentitud de enfoque era y es desesperante, aún funciona y la usa mi hijo para retratos. Tadé un montón de tiempo en comprarme una cámara seria para seguir con mis 4 objetivos Nikon de forma intencionada, ya se sabe los inicios en una nueva tecnología hace que de un año a otro el modelo anterior se quede ridiculamente obsoleto, iba a ser la D90, primera drls del mercado con grabación de video pero esperé un poco más ya que estaba a punto de renovarse y finalmente fue la Nikon D7000 en abril de 2011 de 16MP, hoy por hoy funciona todo excepto el AF, la uso de ciento a viento para algo de foto macro para quitarle las telarañas, la he disfrutado un montón, más de 88.000 disparos, si, yo tambien pasé por esa época endemoniada de ráfagas infinitas.

    OFFTOPIC, vamos, que no están jubiladas:
    A partir de aquí tres cámaras mas, todas en pleno uso, una Nikon D750 nueva comprada de oferta en Nikonistas allá por 2020 para liquidar existencias supongo porque por 1.250 con su objetivo 24-120 f4 constante fue un autentico chollo.
    Nikon D500 de segunda mano en mpb.com, la cámara más pro que he tenido nunca junto con la FM2, con 23.000 disparos que compre hace 3 años por 680€, la uso basicante para conciertos (2 o 3 al mes siempre voy) y en eventos deportivos, el AF es deslumbrante con poca luz y mi favorita actualmente, una Ricoh GRIII por algo menos de 650€ que en Agosto hará un año de ello y que es la que con diferencia la que más uso, ya sabes, es bolsillera y va conmigo a todos partes, calidad APSC con una lente 28mm rabiosamente buena y el enfoque Snap que para foto callejera y fotos robadas es insuperable. Le tenía muchisimas ganas desde que la GR es APSC y ahora me arrepiento no haberla comprado antes ¡¡la cantidad de fotos que me he perdido por no tenerla antes en el bolsillo, pardiezzzz.

    Como verás nunca he ido a la última, siempre espero a que maduren en el mercado y aprovecho ofertas (salvo la FM2 que siempre mantuvo su precio pro).

    Un saludo desde Pamplona, todavía con las consecuencias inevitables propias de la edad tras los Sanfermines.

    1. Hola Luis, mil gracias por tomarte el tiempo de hacer este historial. Tienes entonces un pequeño museo fotográfico, felicidades. Yo de carrete solo tuve una y poco tiempo; de las otras que mencionas, tuve la Canon S95 (sucesora de la S90… o quizá sí tuve la S90, ahora dudo, pero una de las dos). Y por supuesto la GRIII, que en su día me hizo dudar pero que fue todo un descubrimiento. Como dices, poder llevarla encima con tanta facilidad es un plus que normalmente infravaloramos, al menos yo. Aunque ahora me tomo un descanso de todo esto, bien podría hacerse una entrada con un dicho que se repetía bastante en algunos foros de fotografía: lo de «caballo grande, ande o no ande», es decir, la tendencia a preferir una cámara grande, pesada, con tropecientas funciones, por encima de algo práctico, efectivo y más fácil de llevar encima.
      Bueno, lo dicho: gracias por el comentario, ¡un saludo desde Barcelona!

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