Icono del sitio Carlos A. Oliveras

Las cámaras que dejamos atrás

Buenas tardes de lunes: como siempre digo, no es que pretenda escribir aquí cada día, pero tenía un tema que me parecía interesante, y como me vino a la cabeza a raíz del vídeo que publiqué ayer, no quería aplazarlo. Hoy publico aún más tarde de lo habitual porque esta mañana he vuelto a tener historias médicas que me han consumido bastante tiempo. O quizá fui yo quien consumió el tiempo de otros: todo depende del punto de vista. Y precisamente el asunto de hoy también admite, al menos, dos maneras de verlo.

Ese vídeo que publiqué ayer es el de la Sony RX10 V, y en él hablaba de la posibilidad de reemplazar mi ya venerable bridge de 2014, la Panasonic FZ1000. Esto me llevó a la fantasía de comprar otra cámara, lo cual, a su vez, me hizo plantearme (de forma hipotética) un dilema al que hace mucho que no me enfrentaba: qué haría con la cámara reemplazada. Desde que vendí todo mi equipo full frame alrededor de 2017 o 2018, «solo» me he comprado tres cámaras, con lo que realmente no me he enfrentado a este dilema (estas compras reemplazaban la función de ese equipo que ya había vendido).

En general, siempre que he cambiado de cámara u óptica, he vendido la anterior, cosa que creo que hacemos muchos. Primero, por un tema económico: deshacerte del material previo suaviza el impacto económico de la nueva compra, y además, cuando funcionaba el foro de mercadillo de canonistas.com, la verdad es que la compraventa funcionaba bastante bien. Pero siempre hubo otro motivo, y es que no me gusta coleccionar cámaras. De hecho, no me gusta coleccionar nada… y eso que, de muy joven, coleccionaba cajas de cerillas. Hoy en día, si bien sigo acumulando objetos inútiles de todo tipo, trato de mantenerme vigilante ante esa tendencia a guardar cosas «por si acaso» o como recuerdo. Como mucho, cuando siento que algo ya me sobra, le hago una foto de recuerdo y luego la tiro. Guardar la foto no deja de ser guardar algo, pero ocupa infinitamente menos espacio.

El caso de las cámaras es, para mí, un poco más particular. Es verdad que son objetos muy estéticos, casi mágicos, y que suelen estar impregnados de las experiencias que vivimos sosteniéndolos en nuestras manos. A menudo veo vídeos donde el youtuber de turno exhibe de fondo, con orgullo, su colección de cámaras y objetivos, que a veces parece competir con las estanterías de las mejores tiendas de fotografía. Otras veces simplemente se trata de gente que se va comprando cámaras que terminan guardadas en un armario, más discretamente. Coleccionistas involuntarios.

Sin embargo, a mí me incomoda la idea de tener demasiadas cámaras. Primero, porque creo que hay que conocer perfectamente la cámara que usas; idealmente, debería ser una extensión de ti. Por tanto, cuantas más cámaras tengas, más difícil será manejarlas con soltura. Y segundo, porque esto de tener una cámara abandonada en un cajón durante meses, sin hacer fotos, me da una tristeza similar a la de tener un pájaro en una jaula. No voy a compararlo literalmente, por supuesto: un pájaro es un ser vivo y una cámara es un objeto. Pero es un objeto con el potencial de hacer una de las cosas más milagrosas que ha conseguido el ser humano: parar el tiempo y, con ello, atrapar una fracción de este, de lo vivido. Llamadme ingenuo, pero me parece algo absolutamente increíble. De hecho, hace años escribí sobre esto en un texto titulado “Luz sin gravedad”, que quizá recupere para otro minipost.

Pero que tampoco se entienda lo anterior como algún tipo de crítica hacia los coleccionistas: al contrario, justo por todo lo que he dicho, entiendo perfectamente a quien siente confort rodeándose de cámaras. Hasta me alegro de que existan los coleccionistas, porque, en el fondo, acumular esos artefactos y lucirlos con orgullo no deja de ser otra cara de la misma moneda, otra forma de celebrar lo que representan las cámaras. Acumularlas, conservarlas y exhibirlas supone rendirles homenaje, darles ese protagonismo que rara vez tienen, dado que hacen la foto pero no salen en la foto. Eso por no mencionar que, en muchos casos, los coleccionistas atesoran cámaras que, en realidad, ya no funcionan y solo se conservan por ese valor histórico, estético o sentimental.

Aun así, como ya he dicho, eso de llenar las estanterías con estos objetos no es para mí. Sí que a veces desearía no haberme deshecho de algunas cámaras que ahora querría volver a tener entre mis manos. Pero supongo que, pasados unos minutos, las volvería a dejar en el cajón o la estantería. Lo máximo que a veces he considerado es comprarme alguna cámara antigua de atrezo, decorativa, para poner en algún mueble o estante. Ahora bien, vivo en una casa que parece el mundo de la película «Interstellar»: hay un polvo infinito y de origen desconocido que aparece por todas partes. Me paso la vida desempolvando, aspirando y limpiando, así que cuantos menos trastos, mejor.

¿Y vosotros? ¿Vais acumulando las cámaras que reemplazáis, por nostalgia? ¿Las vendéis? ¿Las regaláis? ¿Seguís, quizá, con la cámara de carrete de vuestra primera comunión y nunca os habéis enfrentado a este dilema? Os leeré con atención si queréis contarme aquí o en la publicación correspondiente en YouTube. Que tengáis un feliz lunes.

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