Icono del sitio Carlos A. Oliveras

La incomodidad de la IA

A raíz del último vídeo sobre el nuevo editor de IA de Photoshop, he visto bastantes comentarios de personas a las que todo esto les produce cierto rechazo. Algunas sienten que estas herramientas desvirtúan la fotografía, eliminan la técnica o incluso amenazan la creatividad. Y aunque a veces pueda haber una reacción algo visceral ante cualquier cambio tecnológico, creo que sería demasiado fácil despachar todas estas inquietudes como simple resistencia al progreso. La IA realmente está moviendo algunas fronteras y nos obliga a replantearnos qué entendemos por fotografía, edición y creación de imágenes. Llevo tiempo diciéndolo y yo mismo lo sufro en mis carnes, aunque creo que, por mi parte al menos, ya he pasado lo peor y he comenzado a desarrollar criterio, que al final es lo principal: no podemos controlar qué tecnología aparece, pero sí conocerla, entenderla y decidir nuestra relación con ella y delimitar qué espacio queremos que ocupe en nuestra forma de trabajar.

Y en este sentido, quizá una primera distinción que puede ayudar es pensar para qué queremos la imagen. Ya he hablado de esto otras veces desde perspectivas similares, pero creo que no estará de más revisitar el tema desde esta perspectiva.

La fotografía personal

En mi caso, en la fotografía que hago por interés personal, y todavía más si tiene un propósito documental (como recuerdo o para dejar constancia de algo), yo no utilizo este tipo de herramientas generativas. Si fotografío una escena, una calle o una persona, una parte fundamental de lo que me interesa es precisamente que aquello que muestra la fotografía haya estado delante de mi cámara. Incluso cuando estoy intentando captar algo que responde más a un estado interno, a algo más emocional, psicológico o vivencial, me aporta una satisfacción especial conseguir plasmarlo desde la propia realidad. Puedo procesarla, interpretar tonos, color, contraste, etc., pero generar personas, sustituir elementos importantes o transformar radicalmente la escena iría en contra de lo que yo busco en ese tipo de fotografía.

Cabe decir que en esto también habría bastante que matizar, pues en fotografía damos por buenas técnicas que, en realidad, podrían tacharse de «irreales» o como mínimo desconectadas de nuestra percepción humana: blanco y negro, doble exposición, fotografía infrarroja… Todo esto ya es tema para otro día; lo relevante a efectos de lo que quiero contar es que en esta visión tradicional de la fotografía tenemos unas limitaciones que, en cierto modo, actúan como reglas. Y esas reglas, aun con sus imperfecciones y arbitrariedades, nos ayudan a jugar con las mismas cartas, a unificar criterios.

La fotografía como imagen

Sin embargo, existen otros contextos en los que la finalidad puede ser muy distinta. Pensemos en publicidad, un catálogo, el cartel de una película, una portada o determinadas imágenes comerciales. Ahí puede suceder que lo que se necesite, en última instancia, sea construir una imagen determinada, independientemente de que cada uno de sus elementos haya existido conjuntamente ante una cámara. Y sin que el proceso específico para obtenerla tenga en sí mismo una repercusión particular más allá de su impacto en el coste en dinero y tiempo: en este caso, no queremos que nos den la chapa de «fotógrafo auténtico», solo cumplir con un encargo. Un trabajo que hasta hace poco habría requerido un profesional de la fotografía, modelos, iluminación, localizaciones, atrezo y después una considerable cantidad de trabajo en Photoshop o herramientas similares. Ahora parte —o incluso todo— ese proceso puede llegar a realizarse sintéticamente.

Otro caso relevante sería el del arte que fusione técnicas, donde un creador puede basarse en una fotografía pero guiarse antes por lo visual, por lo estético, que por lo documental o estrictamente «fotográfico». Se trata de un apartado que tiene sus particularidades, ya que podría moverse en distintas dimensiones, pero al final, responde al mismo principio que mencionaba en el párrafo previo.

En definitiva, tenemos procesos de creación distintos, cada uno con el acento puesto en algo diferente y que, por tanto, se beneficiarán de unas u otras técnicas y herramientas.

¿La dificultad legitima?

En este intento de establecer límites o algún tipo de medición que nos dé respuestas inequívocas, surge una cuestión tan interesante como incómoda. Photoshop lleva décadas permitiéndonos borrar cosas, hacer fotomontajes, sustituir fondos o alterar radicalmente una imagen. Y, aunque siempre hubo y habrá debate en cuanto a los límites de estas operaciones y cuán compatibles son con el término «fotografía», puede decirse que han estado relativamente aceptadas.

Creo que parte del motivo por el que se ha tolerado o naturalizado intervenir en una fotografía es que, tradicionalmente, la dificultad que llevaban aparejadas estas intervenciones actuaba en cierto modo como un mecanismo regulador natural. Podía hacerse con más o menos ligereza, pero no gratuitamente, porque si para cambiar un cielo, quitar lo que me estorba o incluso poner algo que no estaba necesito adquirir conocimientos e invertir tiempo, quizá no me compense.

Sin embargo, este equilibrio, que quizá era más precario de lo que yo mismo pensaba, ha saltado definitivamente por los aires ahora que alterar una foto puede llegar muchísimo más lejos con un coste muchísimo menor – apenas un prompt de texto y unos segundos de espera bastan para cambiar día por noche, rejuvenecer o envejecer, cambiar el punto de vista o redefinir la iluminación. Entonces, ¿dónde ponemos ahora el límite? ¿Una modificación es más legítima porque antes requería tres horas de selecciones, máscaras y retoque manual, pero deja de serlo porque ahora podemos pedirla escribiendo una frase?

Por un lado, tiene sentido pensar que una tecnología tan potente y que simplifica tanto los procesos no puede tener cobijo bajo la misma licencia que le otorgábamos al pincel de clonar y a técnicas trabajosas. Pero por otro lado, ¿le negamos la legitimidad a las herramientas de IA solo porque son demasiado fáciles de usar? No parece que la dificultad técnica pueda ser por sí sola el criterio que determine si un resultado nos parece aceptable o no. Podrá tener más o menos mérito, si es que le damos algún valor al esfuerzo, pero ¿algo que antes valía, ahora no vale porque hemos pasado de horas a minutos?

Todo ha cambiado

Eso tampoco significa que nada haya cambiado. Lo ha hecho, y mucho. Tanto, que quizá la comparación que estoy estableciendo entre técnicas de Photoshop y herramientas generativas no sea justa, pues no es exactamente la misma actividad construir una modificación paso a paso que describir una intención, recibir varios resultados generados y elegir el que nos interesa. Parte del trabajo se desplaza desde la ejecución hacia la dirección, el criterio y la selección. Puede seguir existiendo creatividad, pero no necesariamente es la misma forma de creatividad ni requiere las mismas habilidades. Y por eso mismo, quizá convenga detenerse un momento, no para abrazar la IA sin condiciones o rechazarla sin miramientos: simplemente, para observar con serenidad todo lo que significa y, desde ese lugar, decidir qué relación queremos tener con ella. Cuál es la intención de nuestra fotografía, y qué ganamos o perdemos al incluir la IA en nuestro proceso.

Yo personalmente, como ya he explicado otras veces, no uso herramientas generativas en mis imágenes; es más, por coherencia, incluso he dado marcha atrás y he dejado de practicar intervenciones que antes me parecían más fáciles de defender. Porque lo que antes era un terreno escarpado, por el que costaba avanzar, se ha convertido en una pendiente muy resbaladiza en la que es muy fácil deslizarse: si das un paso en esa dirección, ya no hay razón para detenerse. O al menos cuesta más encontrarla, porque todo es posible con poco esfuerzo. Lo cual no necesariamente significa falta de criterio, de creatividad o de valor, pero sí implica que esa especie de mecanismo autorregulador que antes se producía espontáneamente por la dificultad de los procesos, ya no existe, y eso nos enfrenta a decisiones que antes no teníamos que tomar. Y decidir es incómodo.

Otro aspecto que no se puede ignorar es que hagamos lo que hagamos a título personal, en nuestro entorno y en la sociedad en general pueden cambiar expectativas de clientes, costes de producción, el perfil exigido para determinados puestos de trabajo, el valor que concedemos a algunas habilidades e incluso nuestra confianza ante una imagen que vemos. Así que cada vez se queda más corto decir que «la IA es simplemente una herramienta más». Técnicamente lo es, pero cada día está siendo menos una herramienta al servicio de un oficio, y más una fuerza que redefine ese oficio o inventa otros nuevos.

En definitiva

Por eso yo no veo necesario escoger entre dos extremos: ni pensar que toda incorporación de IA supone el fin de la fotografía, ni tratarla como algo asimilable a lo que ya conocíamos y que, por tanto, no cambia nada esencial.

Podemos seguir fotografiando precisamente porque nos importa haber estado allí, porque queremos documentar algo real o porque disfrutamos del propio acto de mirar y fotografiar. Y podemos utilizar herramientas generativas cuando nuestra finalidad sea crear una imagen y su relación estricta con una escena real no sea relevante.

Existirán zonas intermedias mucho más difíciles de definir, por supuesto. Hubo zonas grises antes y las habrá ahora, de ahí, como dije antes, la importancia de desarrollar un criterio y decidir qué quieres hacer, qué te importa realmente, o qué te compensa si te mueves en el campo profesional y debes atender al puro coste/beneficio económico: quizá esto, siendo más frío, tenga una respuesta más fácil que lo anterior.

Eso sí, sea cual sea tu situación, no va a ser fácil, porque por más beneficios que aporte la IA, también está creando y creará situaciones complejas, desconcertantes. Incómodas. Y esta, sin duda, es una de ellas.

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